Salieron á pasear á la caída de la tarde, marchando lentamente hacia el centro de Madrid. Renovales hablaba de su juventud, de sus tiempos de Roma. Reía recordando á Cotoner su famoso surtido de papas, acudían á su memoria las graciosas farsas de los estudios, las fiestas ruidosas, y después, á su regreso, cuando ya era casado, las noches de amistosa intimidad en aquel comedor pequeño y bonito de la vía Margutta; la llegada del bohemio y otros compañeros de arte, para tomar una taza de té con el joven matrimonio; las discusiones á gritos sobre pintura, que hacían protestar á los vecinos, mientras ella, su Josefina, todavía con el asombro de verse dueña de una casa, sin su madre y rodeada de hombres, sonreía á todos con timidez, encontrando graciosos é interesantes á aquellos camaradas terroríficos, melenudos como bandoleros, inocentes y quisquillosos como niños.

—¡Los buenos tiempos, Pepe!... La juventud, que sólo apreciamos cuando desaparece.

Andando siempre en línea recta, sin saber adónde iban, enfrascados en su conversación y sus recuerdos, se vieron en la Puerta del Sol. Había cerrado la noche; brillaban los focos eléctricos; los escaparates arrojaban sobre las aceras sus manchas de luz.

Cotoner miró la hora en el reloj del Ministerio.

¿No iba aquella noche el maestro á casa de la de Alberca?...

Renovales pareció despertar. Sí; tenía que ir, le esperaban... Pero no iba. Su amigo le miró escandalizado, como si considerase, en su conciencia de parásito, una falta gravísima el despreciar una comida.

El pintor mostrábase falto de fuerzas para pasar la noche entre Concha y su marido. Pensaba en ella con cierta aversión; sentíase capaz de rechazar brutalmente los contactos audaces con que le perseguía á todas horas; de contárselo todo al marido en un arrebato de franqueza. Era una vergüenza, una traición, aquella vida á tres que la gran dama aceptaba como el más dichoso de los estados.

—Es insufrible—dijo para desvanecer la extrañeza de su compañero.—No se la puede aguantar; una lapa que no me suelta un instante.

Nunca había hablado á Cotoner de sus amores con la de Alberca, pero éste no necesitaba que le contasen las cosas; tácitamente se daba por enterado.

—Pero es guapa, Mariano—dijo.—¡Una gran mujer! Ya sabes que la admiro. Esa te podía servir para el cuadro griego.