El maestro tuvo una mirada de conmiseración para su ignorancia. Sentía el deseo de vejarla, de herirla, justificando así su indiferencia.

—Fachada nada más... cara y estatura.

É inclinándose hacia su amigo, le dijo en voz baja, gravemente, como si revelase el secreto de un inmenso crimen:

—Tiene las rodillas en punta... Una verdadera estafa.

Cotoner dilató la boca con una risa de sátiro y se agitaron sus orejas. Era la alegría del hombre casto; la satisfacción de conocer los ocultos defectos de una belleza colocada fuera de su alcance.

El maestro no quiso separarse de su amigo. Le necesitaba; mirábale con tierna simpatía, viendo en él algo de la muerta. Nadie la había conocido como aquel compañero. En los momentos de tristeza, él era su confidente. Cuando sus nervios la ponían como loca, las palabras de este hombre sencillo terminaban sus crisis en un mar de lágrimas. ¿Con quién podía hablar mejor de ella?...

—Comeremos juntos, Pepe: iremos á los Italíanos; un banquete romano, raviolis, picatta, todo lo que quieras, y un frasco de Chianti ó dos; cuantos puedas beber; y al final Asti espumoso, mejor que el Champagne. ¿Te conviene, anciano?

Se agarraron del brazo, marcharon alta la frente, la sonrisa en los labios, como dos pintorcillos jóvenes, ansiosos de celebrar una venta reciente con una comilona alivio de su miseria.

Renovales sumíase en sus recuerdos para sacarlos á luz con palabra atropellada. Hacía memoria á Cotoner de cierta trattoria en una callejuela romana, más allá de la estatua de Pasquino, antes de llegar al Governo Vechio; un figón de quietud eclesiástica, dirigido por el antiguo cocinero de un cardenal. Las perchas del establecimiento estaban siempre ocupadas por sombreros de teja. Su alegría de artistas, escandalizaba un tanto la grave parsimonia de los parroquianos: sacerdotes de las oficinas pontificales ó de paso en Roma para intrigar ascensos; rábulas de mugrienta levita, que llegaban cargados de papelotes del vecino Palacio de Justicia.

—¡Qué macarrones! ¿Te acuerdas, Pepe? ¡Y cómo le gustaban á la pobre Josefina!