Llegaban de noche á la trattoria en alegre banda; ella cogida á su brazo, y en torno los buenos amigos que agrupaba la admiración junto á su naciente fama de pintor. Josefina adoraba los misterios culinarios, los secretos tradicionales de la solemne mesa de los príncipes de la Iglesia, que habían descendido á la calle, refugiándose en aquella salita con arcadas de bodegón. Sobre el blanco mantel temblaba la mancha de ámbar del vino de Orvieto, en ventrudas botellas de fino cuello; un líquido dorado, espeso, de dulzura clerical; una bebida de pontífices ancianos que descendía como fuego hasta el estómago, y más de una vez sé había remontado á cabezas cubiertas por la tiara.
En las noches de luna salían de allí, con dirección al Coloseo para contemplar la ruina colosal y monstruosa bajo un torrente de luz azulada. Josefina, trémula de inquietud, se sumía en los túneles negros, avanzaba á tientas entre las piedras caídas, hasta verse en pleno graderío, frente al silencioso redondel, que parecía encerrar el cadáver de todo un pueblo. Ella pensaba en las fieras horrendas que habían pisado aquella arena, mirando en torno con inquietud. De pronto, un espantoso rugido, y una bestia negra salía dando saltos de los profundos vomitorios. Josefina se agarraba á su esposo, con chillido de espanto, y todos reían. Era Simpson, un pintor norteamericano que doblaba su larga osamenta, marchando á cuatro patas para atacar con fieros alaridos á los compañeros.
—¿Te acuerdas, Pepe?—decía á cada instante Renovales.—¡Qué tiempos! ¡Qué alegría! ¡Qué excelente compañera la pobrecita, antes de que la entristeciese la enfermedad!...
Comieron, hablando de su juventud, mezclando en sus recuerdos la imagen de la muerta. Después pasearon por las calles basta media noche, insistiendo Renovales en aquellos tiempos, recordando á su Josefina, como si toda su existencia la hubiese pasado adorándola. Cotoner sentíase fatigado de esta conversación y se despidió del maestro. ¡Qué nueva manía era aquella!... Muy interesante la pobre Josefina; pero toda la noche la habían pasado sin hablar de otra cosa, como si en el mundo sólo existiese el recuerdo de la muerta.
Renovales marchó á su casa con cierta impaciencia; tomó un carruaje para llegar antes. Sentía la misma impresión de inquietud que si le aguardara alguien: le parecía aquel hotel presuntuoso, antes frío y solitario, animado por un espíritu que no podía definir, una alma amada que lo llenaba todo, esparciéndose como un perfume.
Al entrar, precedido por el doméstico soñoliento, su primera mirada fué para la acuarela. Sonrió; quiso dar las buenas noches á aquella cabeza que fijaba sus ojos en él.
Igual sonrisa y el mismo saludo mental tuvo para todas las Josefinas que salían á su encuentro, surgiendo de la sombra de las paredes al encenderse las bombillas eléctricas en salas y corredores. Ya no le inspiraban inquietud estos rostros contemplados por la mañana con sorpresa y miedo. Ella le veía; ella adivinaba su pensamiento; ella le perdonaba, seguramente. ¡Había sido siempre tan buena!...
Dudó un instante en su camino, queriendo ir á los estudios, y encender sus grandes focos eléctricos. La vería de cuerpo entero, en toda su gentileza; hablaría con ella; la pediría perdón, en el profundo silencio de aquellas naves... Pero el maestro se contuvo. ¿Qué locuras se le ocurrían? ¿Iba á perder el juicio?... Se pasó la mano por la frente, como si quisiera borrar de su pensamiento estos propósitos. Era sin duda el Asti quien le inspiraba tales extravagancias. ¡Á dormir!...
Al quedar á obscuras, tendido en la camita de su hija, se sintió molesto. No podría dormir; estaba mal allí... Sintió un deseo vehemente de salir del cuarto, de refugiarse en el dormitorio abandonado, como si sólo en él pudiera encontrar descanso y sueño. ¡Oh, la cama veneciana, la cama de Dogaresa rubia, aquel mueble señorial que guardaba toda su historia; donde ella había gemido de amor; donde se habían dormido tantas veces comunicándose á media voz sus deseos de gloria y de riqueza; donde había nacido su hija!....
Con la vehemencia que ponía en todos sus caprichos, el maestro recobró sus ropas, y quedamente, como si temiera ser oído por su criado, que descansaba cerca, encaminóse al dormitorio.