Rodó la llave con precauciones de ratero y avanzó de puntillas, bajo la luz suave y discreta de color rosa, que derramaba un farolón antiguo, desde el centro del techo. Tendió los colchones cuidadosamente sobre la cama abandonada. Faltaban sábanas, almohadas, toda la ropa de dormir. La habitación, desierta tanto tiempo, estaba fría... ¡Qué noche tan agradable iba á pasar! ¡Qué bien dormiría allí! Los almohadones de un sofá, bordados de oro con duro relieve, le sirvieron de cabecera. Se envolvió en un gabán y se acostó vestido, apagando la luz, con el deseo de no ver la realidad, de soñar, poblando la sombra con las dulces mentiras de su imaginación.
Sobre aquellos colchones había dormido Josefina; sus blanduras conocían el suave peso de su cuerpo. No la veía como en los últimos tiempos, enferma, demacrada, roída por la miseria física. Esta imagen dolorosa la rechazaba su pensamiento, abriéndose á las ilusiones bellas. La Josefina que contemplaba, la que llevaba dentro, era la otra, la de los primeros tiempos; y no como había sido en realidad, sino como él la había visto, como la había pintado.
Su memoria pasaba sobre una gran laguna de tiempo, obscura y tormentosa; saltaba desde la actual nostalgia á los tiempos felices de la juventud. Tampoco se acordaba de los años de penoso cautiverio, cuando se debatían los dos, huraños y agresivos, incapaces de continuar juntos la misma senda... Eran insignificantes contratiempos de la vida. Sólo pensaba en la bondad sonriente, la generosidad y la sumisión de los tiempos de amor. ¡Con qué ternura habían vivido juntos, una parte de su existencia, abrazados sobre aquel lecho que ahora sólo conocía el aislamiento de su cuerpo!...
El artista se estremeció de frío en la insuficiencia de sus envolturas. En esta situación anormal, las sensaciones exteriores evocaban sus recuerdos; se asociaban á fragmentos del pasado, tirando de ellos, hasta sacarlos á flote en la memoria. El frío le hizo pensar en las noches lluviosas de Venecia, cuando el chaparrón caía horas y horas sobre estrechas callejuelas y desiertos canales, en el profundo silencio de la noche, en la mudez solemne de una ciudad sin caballos, sin ruedas, sin otro ruido de vida que el chapoteo del agua solitaria en los escalones de mármol. Ellos estaban en aquella misma cama, bajo el caliente edredón, rodeados de los muebles que adivinaba ahora en la sombra.
Por entre las maderas del calado ventanal penetraba el resplandor del reverbero que iluminaba el vecino canalillo. Marcábase en el techo una faja de luz y en ella temblaba el reflejo de las aguas muertas, con un incesante cruzamiento de hilos de sombra. Ellos, estrechamente abrazados, con los ojos en alto, contemplaban este juego de la luz y el agua. Adivinaban el frío y la humedad en la calle líquida; saboreaban el mutuo calor de sus cuerpos, el apretado contacto de su carne, el egoísmo de estar juntos, en la dulce voluptuosidad del bienestar físico, sumidos en el silencio, como si el mundo hubiese acabado, como si su dormitorio fuese un cálido oasis en medio del frío y la sombra.
Algunas veces sonaba un grito lúgubre rasgando el silencio. ¡Aooo! Era un gondolero que avisaba antes de doblar la esquina. Por la mancha de luz que cabrilleaba en el techo, deslizábase una gondolíta negra, liliputiense, un juguete de sombra, en cuya popa se doblaba, dándole al remo, un monigote del tamaño de una mosca. Y los dos, pensando en los que pasaban bajo la lluvia, perseguidos por las ráfagas glaciales, paladeaban una nueva voluptuosidad, y sus cuerpos se apretaban con más fuerza, bajo la suave caricia del edredón, y sus bocas se encontraban, conmoviendo la calma de su nido con la insolencia ruidosa de la juventud y el amor...
Renovales ya no sentía frío. Revolvíase inquieto sobre los colchones; clavábanse en su rostro los bordados metálicos del almohadón; tendía sus brazos en la obscuridad, y una queja cortaba el silencio, tenaz, desesperada, un lamento de niño que exige lo imposible, que pide la luna.
III
Una mañana el maestro llamó con gran urgencia á Cotoner, y éste se presentó, mostrándose alarmado por los términos del aviso.