—No es nada grave—dijo Renovales.—Necesito que me digas dónde fué enterrada Josefina. Quiero verla.
Era un deseo que se había formado lentamente en su pensamiento durante varias noches; un capricho de las interminables horas de insomnio que arrastraba en la obscuridad.
Hacía más de una semana que se había trasladado al dormitorio grande, escogiendo entre la ropa de cama, con una minuciosidad que asombró á la servidumbre, las sábanas más usadas, las que evocaban con sus bordados los antiguos recuerdos. No encontró en estos lienzos aquel perfume de los armarios que tanto le perturbaba; pero algo había en ellos, la ilusión, la certeza de que su tejido había rozado muchas veces la carne querida.
Renovales, después de exponer su deseo á Cotoner, sobriamente y con gesto duro, creyó necesario excusarse. Era vergonzoso que él no supiese dónde estaba Josefina; que no hubiera ido aún á visitarla. El dolor de su muerte le había dejado sin voluntad... después, ¡el largo viaje!...
—Tú corriste con todo, Pepe; tú arreglaste el entierro. Dime dónde está; llévame á verla.
No se había preocupado hasta entonces de los restos de la muerta. Recordaba el día del entierro, su dolor teatral, que le había hecho permanecer en un rincón del estudio, con la cara oculta entre las manos. Los amigos íntimos, los escogidos, que llegaban hasta su retiro, vestidos de negro y con tristeza fúnebre, le cogían una mano apretándola con efusión. «¡Valor, Mariano! ¡Ánimo, maestro!» Y fuera del hotel un patear incesante de caballos; la verja negra de apretada muchedumbre; los carruajes en doble fila hasta perderse de vista; los reporters yendo de un grupo á otro, inscribiendo nombres.
Todo Madrid estaba allí... Y se la habían llevado al lento paso de unos caballos de penachos ondeantes, entre lacayos de la muerte, con blancas pelucas y doradas cachiporras; y él no se había acordado más de ella, no había sentido la curiosidad de conocer el rincón fúnebre, donde se ocultaba para siempre, bajo los ardores del sol que resquebrajan la tierra, bajo las interminables lluvias de la noche que chorrearían sobre sus pobres huesos. ¡Ah, malvado! ¡Ah, miserable, por el más afrentoso de los olvidos!...
—Dime dónde está, Pepe... Llévame; quiero verla.
Suplicaba con la vehemencia del remordimiento: quería verla en seguida, cuanto antes, como un pecador que teme morir y pide á gritos la absolución.
Cotoner accedió á este viaje inmediato. Estaba en el cementerio de la Almudena, un camposanto cerrado desde mucho tiempo. Sólo iban á él los que tenían tradicionales derechos sobre un pedazo de su suelo. Cotoner había querido enterrar á la pobre Josefina cerca de su madre, en el mismo recinto donde se oxidaba el oro de la losa que ocultaba al «malogrado genio de la diplomacia». Quiso que descansase entre los suyos.