En el camino, Renovales sintió cierta angustia. Veía pasar con ojos de sonámbulo, al través de los vidrios del carruaje, las calles de la población: después bajaban una rápida cuesta; jardines mal cuidados, en los cuales, junto á los árboles, dormitaban vagabundos ó se peinaban mujeres con la cabeza al sol; un puente; suburbios míseros con casuchas de lugarejo; luego el campo, caminos en cuesta y al final un bosque de cipreses sobre una tapia y remates de edificios marmóreos, ángeles extendiendo las alas con una trompeta en los labios, grandes cruces, flameros montados sobre trípodes, y un cielo límpido, de intenso azul, que parecía reir con indiferencia sobrehumana de la emoción de aquella hormiga que se apellidaba Renovales.

Iba á verla; á poner sus plantas en la misma tierra, última sábana de su cuerpo; á aspirar un aire en el que subsistía tal vez algo de aquel calor, que era como la respiración del alma de la muerta. ¿Qué la diría?...

Al entrar en el camposanto miró al guardián, un hombre feo, lúgubre, con una palidez amarillenta y grasosa de blandón. ¡Aquel hombre vivía á todas horas cerca de Josefina!... Sintió un impulso de generosidad, de agradecimiento: tuvo que contenerse, pensando en su acompañante, para no entregarle todo el dinero que llevaba encima.

Sus pasos resonaron en el profundo silencio. Sintiéronse rodeados de la rumorosa calma de un jardín abandonado, en el que eran más los kioscos y las estatuas que los árboles. Anduvieron bajo ruinosas columnatas que repercutían sus pasos con extraño eco; sobre losas que devolvían la sonoridad de sus huellas, con ese estruendo sordo de los lugares huecos y obscuros. La nada estremecida en su desierto por un ligero rozamiento de vida.

Los muertos que dormían allí estaban bien muertos, sin la leve resurrección del recuerdo, en completo abandono, consumiéndose en la podredumbre universal, anónimos, separados por siempre de la vida, sin que de la inmediata colmena de gentes viniese nadie á reanimar con llantos y ofrendas la efímera personalidad que tuvieron, el nombre que les rotuló por un instante.

Las coronas pendían de las cruces, negras, deshilachadas, con un hervidero de insectos en sus briznas. La vegetación exuberante y monótona, libre del martirio de los pasos, se extendía por todas partes, desuniendo con sus raíces las piedras de las tumbas, haciendo saltar los peldaños de las sonoras escalinatas. Las lluvias, con su lenta filtración, producían desplomes del terreno. Algunas losas se cuarteaban, dejando entreabiertos profundos hoyos que exhalaban un hedor de tierra mojada y estiércol cocido.

Había que andar con cierta precaución, temiendo que el terreno sonoro y hueco se abriese de pronto: había que evitar repentinas depresiones, en las cuales, junto á una lápida hundida de canto, con letras de pálido oro y nobiliarios escudos, asomaba un cráneo pequeño, de débil osamenta; el armazón de una cabeza de mujer, entrando y saliendo por el negro portal de sus órbitas un rosario de hormigas.

El pintor caminaba estremecido, con la tristeza de una decepción inmensa, dudando de sus más grandes entusiasmos. ¡Y esto era la vida!... ¡Y así acababa la humana belleza! ¡Para esto serviría el receptáculo de hermosas sensaciones que llevaba sobre sus hombros, y allí iría á parar con toda su soberbia!...

—Aquí es—dijo Cotoner.

Se habían metido entre unas filas de tumbas apretadas, rozando, al pasar, los adornos envejecidos que se desmenuzaban y caían á su contacto.