Era una sepultura sencilla, una especie de féretro de blanco mármol, que se elevaba unos dos palmos sobre el suelo, llevando en su parte superior un alto remate, semejante á la cabecera de una cama, y terminado por una cruz.

Renovales permaneció frío. ¡Allí estaba Josefina!... Leyó varias veces la inscripción, como si no pudiera convencerse. Era ella; las letras reproducían su nombre, con una breve lamentación del marido inconsolable, que á él le pareció falta de sentido, artificial, vergonzosa.

Había venido pensando, con estremecimientos de inquietud, en el terrible momento de descubrir el último lecho de su Josefina. ¡Sentirse cerca de ella, pisar el suelo que guardaba la esencia de su cuerpo! No podría resistir este trance; lloraría como un niño, caería de rodillas, sollozando con angustia de muerte...

Y bien; ya estaba allí: tenía la tumba ante sus ojos, y sin embargo, permanecían secos, miraban en torno, fríamente, con extrañeza.

¡Allí estaba!... Lo creía por la afirmación de su amigo, por aquel rótulo declamatorio puesto sobre la tumba; pero nada le avisaba la presencia de la muerta. Permanecía insensible, mirando con curiosidad á las inmediatas sepulturas, sintiéndose en su interior un monstruoso deseo de burla, no viendo en la muerte más que su mueca sardónica de bufón de la última hora.

Á un lado, un señor que descansaba bajo el interminable catálogo de sus títulos y condecoraciones; una especie de conde de Alberca, que se había dormido en la solemnidad de su grandeza, esperando el trompetazo del ángel para comparecer ante el Señor con todos sus pergaminos y cruces. Al otro, un general que se pudría bajo un mármol grabado de cañones, fusiles y banderas, como si quisiera infundir espanto á la muerte. ¡En qué burlesca promiscuidad había venido á acostarse Josefina, para dormir su último sueño! Al través de la tierra mezclábanse los jugos de todos aquellos cuerpos, se unían y amalgamaban, con el definitivo beso de la nada, sin haberse conocido durante la vida. Ellos eran los últimos dueños de su cuerpo, los eternos y definitivos amantes; se la arrebataban en su presencia y para siempre, indiferentes á las preocupaciones efímeras de los vivos. ¡Ay la muerte! ¡Que burlona atroz! ¡Qué cinismo frío el de la tierra!...

Sentía disgusto, tristeza, asco, de la insignificancia humana... pero no lloraba. Sólo tenía ojos para lo externo y lo material; para la forma, preocupación constante de su pensamiento. Al verse ante la tumba, apreció únicamente su vulgar humildad, con cierta vergüenza. Era su mujer: la esposa de un gran artista.

Pensó en los escultores más célebres, todos amigos suyos: hablaría con ellos; labrarían una sepultura imponente, con estatuas lacrimosas y originales símbolos de la fidelidad, de la dulzura y del amor: un sepulcro digno de la compañera de Renovales... Y nada más; su pensamiento no iba más allá; su imaginación no podía traspasar la dureza del mármol, penetrando en el oculto misterio. La tumba estaba muda y vacia: en el ambiente no había nada que hablase al alma del pintor.

Permaneció insensible, sin que le turbase emoción alguna, sin dejar de ver un solo instante la realidad. El cementerio era un lugar feo, triste, repugnante, con su atmósfera de pudridero. Renovales creía percibir un lejano hedor de carne frita esparcido en el viento, que inclinaba el puntiagudo plumero de los cipreses, que movía las viejas coronas y el ramaje de los rosales.

Miró con cierta hostilidad al silencioso Cotoner. Éste tenía la culpa de su frialdad. Su presencia le cohibía, impidiendo toda efusión. Aunque amigo, era un extraño; un obstáculo entre él y la muerta. Se interponía entre los dos, impidiendo aquel diálogo mudo de amor y perdón con el que venia soñando. Volvería sin su acompañante. Tal vez el cementerio fuese distinto en la soledad.