Y volvió: volvió al día siguiente. El guardián le hizo un saludo amable, adivinando un parroquiano de los que proporcionan ganancias.
El cementerio le pareció más grande, más imponente, en el silencio de una mañana tranquila y luminosa. No tenía con quién hablar, no oía otro ruido humano que el de sus propios pasos. Subía escalinatas, atravesaba galerías, dejando tras él su indiferencia, pensando, con inquietud, que cada vez se separaba más de los vivos, que la puerta, con su empleado sórdido, estaba ya lejos, y que él era el único viviente, el único que pensaba y podía sentir miedo, en aquella ciudad lúgubre de miles y miles de seres, envueltos en un misterio que les hacía imponentes, entre los ruidos sordos y extraños de ese más allá que espanta con su negrura de abismo sin fondo.
Al llegar ante la tumba de Josefina, se quitó el sombrero.
Nadie. Los árboles y los rosales se estremecían bajo el viento, hasta perderse de vista en las encrucijadas de los panteones. Unos pájaros piaban sobre su cabeza, en una acacia, y este rumor de vida, rasgando el susurro de la solitaria vegetación, esparcía cierta tranquilidad en el espíritu del pintor, borraba el miedo infantil que había sentido antes de llegar allí, cruzando las columnatas de pavimento sonoro.
Permaneció mucho tiempo inmóvil, abstraído en la contemplación de aquella caja de mármol, partida oblicuamente por la luz del sol; una parte de color de oro y otra con la blanca superficie azulada por la sombra. De pronto se estremeció, coma si despertase oyendo una voz... La suya. Hablaba alto, con un impulso irresistible de exteriorizar á gritos su pensamiento, de animar con algo que significase vida este silencio mortal.
—Josefina, soy yo... ¿Me perdonas?...
Era una ansia infantil de oir la voz del más allá, derramando sobre su alma un bálsamo de perdón y olvido; un deseo de arrastrarse, de llorar, de empequeñecerse, de que ella le escuchase, de que sonriera desde el fondo de la nada, viendo la gran revolución que se había operado en su espíritu. Quería decirla—y se lo decía mudamente, con el lenguaje de la emoción—que la amaba, que había resucitado en su pensamiento, ahora que la había perdido para siempre, con un amor que no tuvo nunca pura ella en su existencia terrenal. Sentíase avergonzado de verse ante su tumba; avergonzado de la desigualdad de su suerte.
Le pedía perdón de vivir, de sentirse vigoroso y joven todavía, de amarla sin realidad, con loca esperanza, cuando la había dejado partir indiferente y frío, con el pensamiento en otra mujer, esperando su muerte con el más criminal de los anhelos. ¡Miserable! ¡Y él estaba en pie! ¡Y ella, la buena, la dulce, oculta para siempre; perdida y deshecha en las entrañas de la eterna insaciable!...
Lloraba: lloraba, por fin, con esas lágrimas cálidas y sinceras que atraen el perdón. Era el llanto por tanto tiempo deseado. Ahora sentía que los dos se aproximaban, que estaban casi juntos, que sólo les separaba una lámina de mármol y alguna tierra. Veía con la imaginación sus pobres restos, los huesos tal vez cubiertos por la podredumbre epílogo de una vida, y los amaba, los adoraba con una pasión serena, por encima de las miserias terrenales. Nada de lo que había sido Josefina podía causarle repugnancia ni horror. ¡Si él pudiera abrir aquella caja blanca! ¡Si pudiera besar los últimos escombros del cuerpo adorado, llevárselos con él, para que le acompañasen en su peregrinación, como las divinidades domésticas délos antiguos!... Ya no veía el cementerio; no oía los pájaros ni el susurro de las ramas; creía vivir en una nube, sin contemplar otra cosa en la densa niebla que aquella tumba blanca, la marmórea caja, último lecho del adorado cuerpecillo...
Ella le perdonaba: su cuerpo surgía ante él, tal como había sido en su juventud, como había quedado en los lienzos pintada por su mano. Su mirada profunda se fijaba en la suya; su mirada de los tiempos de amor. Le parecía oir su voz, la voz de entonaciones infantiles, la que reía, admirando pequeñas insignificancias, en la época feliz. Era una resurrección; la imagen de la muerta estaba ante él, formada, sin duda, por moléculas invisibles de su ser, que flotaban sobre la tumba, por algo de su esencia vital que aún aleteaba en torno de los restos materiales, con cierto retardo de dolorosa despedida, antes de emprender la carrera á las profundidades de lo infinito.