Cotoner, algo picado por esta orden extraordinaria que le impedía el acceso al estudio, presentábase por la noche y en vano intentaba animarle con noticias del mundo exterior. Notaba en los ojos del maestro una luz anormal, un estrabismo de locura.

—¿Cómo va esa obra?...

Renovales contestaba con un gesto vago. Ya la vería... más adelante.

Su gesto de indiferencia repetíase al oir que le hablaba de la condesa de Alberca. Cotoner describía la alarma de aquella señora, su asombro por la conducta del maestro. Le había llamado para tener noticias de Mariano, para lamentarse, con los ojos húmedos, de esta ausencia. Había estado dos veces en la puerta del hotel, sin poder entrar; se quejaba del criado y de aquella obra misteriosa. Al menos que le escribiera, que contestase á sus cartas, repletas de lamentos y ternuras, que ella no sospechaba cerradas aún y en profundo olvido, entre una nube de amarillentas cartulinas. El artista escuchaba esto con un encogimiento de hombros, como si le hablasen de los dolores de un planeta lejano.

—Vamos á ver á Milita—decía.—Esta noche no tiene teatro.

En su aislamiento, lo único que le ligaba al mundo exterior, era el ansia de ver á su hija, de hablarla, como si la amase con nuevo cariño. Era carne de su Josefina; había vivido en sus entrañas. Tenía la salud y el vigor de él, nada en su exterior recordaba á la otra; pero su sexo ligábala estrechamente á la imagen adorada de la madre.

Oía á su Milita en un éxtasis sonriente, agradeciendo el interés que mostraba por su salud.

—¿Estás enfermo, papaíto? Te encuentro desmejorado. Tienes una mirada que no me gusta... Trabajas mucho.

Pero él la tranquilizaba moviendo sus fuertes brazos, hinchando su pecho vigoroso. Nunca se había sentido mejor. Y se enteraba, con una minuciosidad de abuelo bondadoso, de los pequeños disgustos de su existencia. Su marido pasaba el día con los amigos; ella se aburría en casa, y sólo encontraba entretenimiento en las visitas ó en las compras. Y á continuación surgía un lamento, siempre el mismo, que el padre adivinaba desde las primeras palabras. López de Sosa era un egoísta, un tacaño para ella. Su vida de despilfarro, sólo alcanzaba á sus placeres y á su persona, pretendiendo hacer economías sobre los gastos de su mujer. La quería, á pesar de esto. Milita no osaba negarlo: ni amantes ni ligeras infidelidades; ¡buena era ella para tolerarlas! Pero sólo encontraba dinero para sus caballos, para sus automóviles; hasta sospechaba que iba gustándole el juego, y su pobrecita mujer que viviese desnuda, que llorase con interminable súplica cada vez que la presentaban una cuenta, alguna insignificancia de mil ó dos mil pesetas.

El padre tenía para ella generosidades de amante. Sentíase capaz de derramar á sus pies todo lo que había amontonado en largos años de trabajo. ¡Que viviese feliz, ya que amaba á su marido! Las inquietudes de ella le hacían sonreir con desprecio. ¡El dinero! ¡La hija de Josefina, triste por tales necesidades, teniendo él en su casa tantos papeles sucios, mugrientos, insignificantes, por cuya adquisición había penado, y que ahora miraba con indiferencia!... De estas entrevistas salía siempre entre vehementes abrazos y bajo una lluvia de besos ruidosos de aquella grandullona, que expresaba su alegría manoseándolo irrespetuosamente, como si fuese un niño.