—Papaíto, ¡qué bueno eres!... ¡Cuánto te quiero!
Una noche, Renovales, al salir de casa de su hija acompañado de Cotoner, dijo á éste con cierto misterio:
—Ven por la mañana. Te enseñaré aquéllo. Aun está atrasado, pero quiero que lo veas... Sólo tú. Nadie podrá juzgar mejor.
Después añadió con una satisfacción de artista:
—Antes sólo podía pintar lo que veía... Ahora soy otro. Me ha costado mucho, ¡mucho!... pero tú juzgarás.
Y había en su voz la alegría de las dificultades vencidas, la certidumbre de una grande obra.
Cotoner acudió al día siguiente, con el apresuramiento de la curiosidad, y entró en el estudio cerrado para todos.
—¡Mira!—dijo el maestro con ademán soberbio.
El amigo miró. Frente á la luz había un lienzo en un caballete; un lienzo gris en su mayor parte, sin otro color que el del preparado, y sobre éste, rayas confusas y entrelazadas, delatando cierta indecisión ante los diversos contornos de un mismo cuerpo. Á un lado una mancha de colores, que era lo que el maestro señalaba con su mano: una cabeza de mujer, que se destacaba vigorosa sobre el crudo fondo de la tela.
Cotoner quedó absorto. ¿Aquello lo había pintado realmente el gran artista? No veía la mano del maestro. Aunque él fuese un pintor insignificante, tenia buen ojo y adivinaba la indecisión, el miedo, la torpeza, la lucha con algo irreal que se escapa, negándose á entrar en el molde de la forma. Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.