—Me ha costado mucho. Ninguna obra me hizo sufrir tanto. Esto es la cabeza nada más. ¡Lo más fácil! Después vendrá el cuerpo; una desnudez divina, como nunca se haya visto. Y tú solo la verás; ¡sólo tú!

El bohemio ya no miraba el cuadro. Contemplaba con extrañeza al pintor, asombrado de aquella obra, desconcertado por su misterio.

—Ya ves, ¡sin modelo! ¡Sin la realidad delante!—continuó el maestro.—No he tenido más guía que esos: pero es el mejor, el definitivo.

Esos eran todos los retratos de la muerta, descolgados de las paredes, colocados en caballetes ó en sillas, formando un apretado círculo en torno del lienzo empezado.

El amigo no pudo contener su asombro, no pudo fingir más tiempo, vencido por la sorpresa:

—¡Ah! ¡Pero es!... ¡Pero... has querido pintar á Josefina!

Renovales se echó atrás con violenta sorpresa. Josefina, sí; ¿quién había de ser? ¿Dónde tenía los ojos? Y su mirada iracunda trastornó á Cotoner.

Éste volvió á contemplar la cabeza. Sí; era ella, con una belleza que parecía de otro mundo; extremada, espiritualizada, como si perteneciese á una humanidad nueva, libre de groseras necesidades, en la que se hubiesen extinguido los últimos restos de la animalidad ancestral. Contemplaba los numerosos retratos de otros tiempos, y reconocía sus rasgos en la nueva obra; pero animados por una luz que venía de dentro y cambiaba el valor de los colores, dando al rostro una novedad extraña.

—¡La reconoces por fin!—dijo el maestro, que seguía ansiosamente la impresión de su obra en los ojos del amigo.—¿Es ella? Di, ¿no te parece igual?

Cotoner mintió con cierta conmiseración. Sí, era ella; por fin la veía bien. Ella, pero más hermosa que en vida... Josefina nunca había sido así.