Ahora era Renovales el que miró con extrañeza y lástima. ¡Pobre Cotoner! ¡Infeliz fracasado, paria del arte, que no había podido salir de la muchedumbre anónima y carecía de otra sensibilidad que la del estómago!... ¡Qué sabía él de aquellas cosas! ¡Por qué consultarle!...
No había reconocido á Josefina, y sin embargo, este lienzo era su mejor retrato; el más exacto.
Renovales la llevaba en su interior; la contemplaba sólo con recogerse en su pensamiento. Nadie podía conocerla mejor que él. Los demás la tenían olvidada. Así la veía... y así había sido.
IV
La condesa de Alberca logró introducirse una tarde en el estudio del maestro.
La vió llegar el criado, como otras veces, en un coche de alquiler, atravesar el jardín, subir las escaleras del vestíbulo y entrar en el recibimiento, con un paso agitado de mujer resuelta que marcha ante ella rectamente y sin vacilación. Intentó cerrarle el paso con respeto, yendo de un lado á otro, saliéndola al encuentro cada vez que avanzaba ladeándose para burlar este obstáculo. ¡El señor trabajaba! ¡El señor no recibía! ¡Era una orden severa y sin excepción!... Pero ella siguió adelante, con el ceño duro, una luz de fría cólera en los ojos, una resolución manifiesta de abofetear al criado si era preciso, de pasar por encima de su cuerpo.
—Vamos, buen hombre, apártese usted.
Y su entonación de gran señora, altiva é irritada, hizo temblar al pobre sirviente, que no sabía ya cómo oponerse á esta invasión de faldas rumorosas y fuertes perfumes. En una de sus evoluciones, la bella señora tropezó con una mesa de mosaico italiano, en cuyo centro estaba el antiguo jarrón. Su mirada descendió instintivamente, hasta el fondo de la vasija.
Fué un instante nada más, pero bastó á su curiosidad femenil para reconocer los sobrecillos azules, de blanca orla, que asomaban las puntas cerradas ó mostraban los lomos intactos, entre el montón de cartulinas. ¡Esto más!... Su palidez se hizo intensa, tomó un tinte verdoso, y con tal impulso siguió adelante la dama, que el criado no pudo detenerla y quedó á su espalda desalentado, confuso, temiendo la cólera del señor.
Renovales, alarmado por el fuerte taconeo en la madera del pavimento y el roce de unas faldas rumorosas, se dirigió hacia la puerta, en el mismo instante que la condesa hacia su entrada con expresión teatral.