—Soy yo.

—¿Usted?... ¿Tú?...

La turbación, la sorpresa, el miedo á esta entrevista, hicieron balbucear al maestro.

—Siéntate—dijo con frialdad.

Se sentó en un diván y el artista permaneció de pie ante ella.

Miráronse con cierta extrañeza, como si no se reconociesen después de esta ausencia de semanas que pesaba en su memoria como si fuese de años.

Renovales la miraba fríamente, sin que su cuerpo se estremeciera á impulsos del deseo, como si fuese una visita vulgar de la que necesitaba librarse cuanto antes. Le extrañaban su palidez verdosa, la boca apretada por un mohín de disgusto, la mirada dura, de brillo amarillento, la nariz que parecía encorvarse buscando el labio superior. Estaba irritada, pero al fijar los ojos en él, perdieron éstos su dureza.

Su instinto de mujer se tranquilizó al contemplarle. También él parecía otro, en el abandono de su aislamiento; el pelo alborotado, la barba enmarañada, revelando el descuido de la preocupación, la idea fija y absorbente, que hace olvidar el aseo de la persona.

Se desvanecieron instantáneamente sus celos, la cruel sospecha de sorprenderle, apasionado de otra mujer, con una veleidad de artista. Ella conocía los signos exteriores del enamoramiento; la necesidad que siente el hombre de embellecerse, de hacerse grato, extremando los cuidados de su adorno.

Con ojos de satisfacción revisaba su abandono, fijándose en las ropas sucias, en las manos descuidadas, en las uñas largas manchadas de color, en todos los detalles que revelaban falta de aseo, olvido de la persona. Indudablemente era una locura pasajera de artista, un capricho tenaz de laborioso. Su mirada brillaba con una luz de fiebre, pero no revelaba lo que ella había sospechado.