Á pesar de esta certidumbre tranquilizadora, como Concha iba dispuesta á llorar y traía sus lágrimas preparadas, aguardando impacientes en el borde de los párpados, se llevó las manos á sus ojos, encogiéndose en un extremo del diván, con gesto trágico. Era muy desgraciada; sufría mucho. Había pasado unas semanas horribles. ¿Qué era aquello? ¿Por qué desaparecería sin una explicación, sin una palabra, cuando ella le amaba mas que nunca, cuando sentía impulsos de abandonarlo todo, de dar un escándalo enorme, viniendo á vivir con él para ser su compañera, su esclava?... Y sus cartas, sus pobres cartas, abandonadas, sin abrir, como si fuesen molestas peticiones de una limosna. ¡Ella, que había pasado las noches en vela, poniendo sobre los pliegos toda su alma!... Y había en su acento un estremecimiento de despecho literario; la amargura de que hubieran quedado en el misterio todas las cosas bonitas que alineaba con sonrisa de satisfacción, después de largas reflexiones... ¡Los hombres! ¡Su egoísmo y su crueldad! ¡Qué torpeza adorarles!

Seguía en su llanto, y Renovales la miraba como si fuese otra mujer. Le parecía ridícula en este dolor que trastornaba su rostro, que lo afeaba, borrando su sonriente impasibilidad de hermosa muñeca.

Intentó excusarse, pero sin calor, sin deseos de convencer, para no mostrarse cruel en su silencio. Trabajaba mucho, era ya hora de volver á su antigua existencia de fecunda labor. Ella olvidaba que era un artista, un maestro de cierto nombre, que tenía sus deberes con el público. No era como aquellos señoritos que podían dedicarla el día entero y pasar la existencia á sus pies, cual un paje enamorado.

—Hay que ser serios, Concha—añadió con una frialdad pedantesca.—La vida no es un juego. Yo debo trabajar y trabajo. Hace no sé cuántos días que no salgo de aquí.

Ella se irguió irritada, apartó las manos de sus ojos, le miró, recriminándole. Mentía; había salido de su encierro, sin ocurrirsele nunca llegar por un momento á su casa.

—Buenos días nada más... Que yo te viese un instante, Mariano; el tiempo necesario para convencerme de que eres el mismo, de que sigues queriéndome. Pero has salido muchas veces; te han visto. Yo tengo mi policía, que me lo cuenta todo. Eres demasiado conocido para que la gente no se fije en ti... Has estado por las mañanas en el Museo del Prado. Te han visto horas enteras contemplando como un bobo un cuadro de Goya; una mujer desnuda. ¡Tu manía que vuelve otra vez, Mariano!... Y no se te ha ocurrido venir á verme; no has contestado á mis cartas. El señor se siente orgulloso, satisfecho de que le amen, y se deja adorar como un ídolo, seguro de que más le querrán cuanto más grosero sea... ¡Ay, los hombres! ¡Los artistas!...

Gemía, pero su voz ya no conservaba el tono de irritación de los primeros momentos. La certidumbre de que no había de luchar con la influencia de otra mujer, amansaba su orgullo, no dejando en ella más que una queja dulce de víctima que desea sacrificarse de nuevo.

—Pero siéntate—exclamó en medio de sus sollozos, indicándole un lugar en el diván, junto á ella.—No estés de pie; parece que deseas que me vaya...

El pintor se sentó, pero con cierta timidez, huyendo el contacto de su cuerpo, evitando el encuentro de aquellas manos que, instintivamente, iban á él y ansiaban un pretexto para asirle. Adivinaba su deseo de llorar sobre uno de sus hombros, olvidándolo todo, desvaneciendo con una sonrisa sus últimas lágrimas. Así había ocurrido en otras ocasiones, pero Renovales, conociendo el juego, se echaba atrás con cierta rudeza. Aquello no debía comenzar otra vez; no podía repetirse, aunque él quisiera. Había que decir la verdad á toda costa; acabar para siempre; echarse de los hombros el pesado fardo.

Habló con voz fosca, titubeando, la mirada en el suelo, sin atreverse á levantar los ojos por miedo á los de Concha, que adivinaba fijos en él.