Hacía muchos días que pensaba escribirla..¡El miedo á no consignar claramente sus pensamientos!... ¡Cierto pavor que le hacía dejar la carta para el día siguiente!... Ahora se alegraba de que hubiese venido; celebraba la debilidad de su criado al dejarla franca la puerta.

Debían hablar como buenos camaradas que examinan juntos el porvenir. Era hora de dar fin á las locuras. Sería lo que Concha deseaba en otros tiempos: amigos, buenos amigos. Ella era hermosa, tenía aún la frescura de la juventud, pero el tiempo no transcurre en vano y él se sentía viejo: contemplaba la vida desde cierta altura, como se contemplan las aguas de un río, sin mojarse en ellas.

Concha le escuchaba con asombro, resistiéndose á comprender sus palabras. ¿Qué escrúpulos eran éstos?... Después de ciertas divagaciones, el pintor habló con un tono de remordimiento de su amigo el conde de Alberca, un hombre respetable por su misma simplicidad. Su conciencia se sublevaba ante la sencilla admiración del grave señor. Era una infamia este engaño audaz en su misma casa, bajo el mismo techo. Él no tenía fuerzas para continuar: debían purificarse del pasado con una buena amistad; decirse adiós como amantes, sin rencor y sin antipatía, agradecidos mutuamente por la dicha pasada, llevándose, como muertos queridos, los agradables recuerdos...

La risa de Concha, nerviosa, sardónica, insolente, cortó la palabra del artista. Su cruel jocosidad excitábase al pensar que era su marido el pretexto de esta ruptura. ¡Su marido!... Y volvía á reir con carcajadas que delataban la insignificancia del conde, la falta absoluta de respeto que inspiraba á su mujer, la costumbre de ajustar su vida á sus caprichos, sin pensar nunca en lo que aquel hombre pudiera decir ó pensar. Su marido no existía para ella; jamás le había temido; nunca había pensado que pudiera servirle de obstáculo, y ¡el amante le hablaba de él, presentándolo como una justificación de su alejamiento!...

—¡Mi marido!—repetía entre los estremecimientos de su risa cruel.—¡Pobrecillo! Déjale quieto: él nada tiene que hacer entre nosotros... No mientas, no seas cobarde. Habla; otras cosas llevas en el pensamiento. Yo no sé las que son, pero las presiento, las veo desde aquí. ¡Si quisieras á otra!... ¡Si quisieras á otra!

Pero se interrumpía en esta exclamación sorda de amenaza. Le bastaba mirarle para convencerse de que era imposible. Su cuerpo no olía á amor; todo en él revelaba la paz de una carne en reposo, sin impulsos ni deseos. Era tal vez un capricho de su imaginación, una anormalidad de desequilibrado, lo que le impulsaba á repelerla. Y animada por esta creencia, se abandonó, olvidando su enfado, hablándole en tono cariñoso, acariciándole con un ardor en el que había á la vez algo de madre y de amante.

Renovales la vió pronto junto á él, enlazando los brazos á su cuello, hundiendo las manos con delectación en el revoltijo de su cabellera.

No era orgullosa: los hombres la adoraban, pero su corazón, su cuerpo, toda ella, era para su pintor, para aquel ingrato que tan mal correspondía á su cariño, que la iba á envejecer con tantos disgustos... Súbitamente enternecida, le besaba la frente, con una expresión generosa y pura. ¡Pobrecito! ¡Trabajaba mucho! Todo lo que tenía era cansancio, trastorno, exceso de producción. Había que dejar quietos los pinceles, vivir, quererla mucho, ser felices, tener en reposo aquella frente, siempre contraída por móviles arrugas, como un cortinaje tras el cual pasaba y repasaba, en perpetua revolución, un mundo invisible.

—Deja que te bese otra vez esa frente bonita, para que callen y duerman los duendes que tienes dentro.

Y besaba de nuevo la frente bonita, deleitándose en acariciar con sus labios los surcos y prominencias de esta extensión irregular, atormentada como un terreno volcánico.