Por mucho tiempo su voz mimosa, de exagerado ceceo infantil, resonó en el silencio del estudio. Sentía celos de la pintura, señora cruel, exigente y antipática, que parecía enloquecer á su pobre nene. El mejor día, ilustre maestro, prendía fuego al estudio con todos sus cuadros. Se esforzaba por atraerle á ella, por sentarlo en sus rodillas, meciéndolo como si fuese un niño.
—Á ver, don Marianito: haga usted una risa á su Conchita. ¡Ríase usted, granuja!... ¡Ríete ó te pego!
Él reía, pero con sonrisa forzada, intentando resistirse al cariñoso manoseo, fatigado de estas infantiles simplezas que en otros tiempos eran su placer. Permanecía insensible á aquellas manos, á aquella boca, al calor de aquel cuerpo que rozaba el suyo, sin despertar la más leve emoción. ¡Y él había amado á aquella mujer! ¡Y por ella había cometido el crimen feroz é irreparable, que le haría arrastrar eternamente la cadena del remordimiento!... ¡Qué sorpresas las de la vida!...
La frialdad del pintor acabó por comunicarse á la de Alberca. Pareció despertar del ensueño en que ella misma se mecía. Se apartó del amante, examinándolo fijamente, con ojos imperiosos, en los que comenzaba á brillar de nuevo una chispa de orgullo.
—¡Di que me quieres! ¡Dilo en seguida! ¡lo necesito!
Pero en vano extremaba su ademán autoritario; en vano aproximaba sus ojos á los de él, como si quisiera asomarse á su interior. El artista sonreía débilmente, murmuraba palabras evasivas, negábase á seguirla en estas exigencias.
—Dilo á gritos; que yo lo oiga... Di que me quieres. Llámame Friné, lo mismo que cuando me adorabas de rodillas, besando mi cuerpo.
El nada dijo. Parecía avergonzado por el recuerdo; bajaba la cabeza para no verla.
La condesa se levantó con nervioso impulso. La cólera la hizo plantarse en medio del estudio, con las manos crispadas, el labio inferior temblón, los ojos con un brillo verdoso. Sentía deseos de destrozar algo, de caer en el suelo con violentas contorsiones. Dudaba entre romper una ánfora árabe, próxima, ó abalanzarse sobre aquella cabeza inclinada, clavando en ella sus uñas. ¡Miserable! ¡Tanto que le había amado; tanto que le quería aún, sintiéndose ligada á él por la vanidad y la costumbre!...
—¡Di si me quieres!—gritó.—¡Dilo de una vez!... ¿si ó no?...