Tampoco obtuvo respuesta. El silencio era penoso. Creyó de nuevo en otro amor, en una mujer que había venido á ocupar su puesto. ¿Pero quién era? ¿dónde encontrarla? Su instinto femenil le hizo volver la cabeza, extender la mirada por la próxima puerta, viendo el estudio inmediato, y tras él, el último, el verdadero taller donde trabajaba el maestro. Avisada por misteriosa intuición, echó á correr hacia aquella nave. ¡Allí!... ¡Tal vez allí! Los pasos del pintor sonaron tras ella. Había salido de su desaliento al verla huir; la perseguía con un apresuramiento de terror. Concha presintió que iba á saber la verdad; una verdad cruel, con toda la crudeza de un descubrimiento á plena luz. Quedó inmóvil, con las cejas fruncidas por un gran esfuerzo mental, ante aquel retrato que parecía reinar en el estudio, ocupando el mejor caballete, en lugar preferente, á pesar del desierto gris de su lienzo.

El maestro vió en la cara de Concha la misma expresión de duda y extrañeza de su amigo Cotoner. ¿Quién era aquélla?... Pero la vacilación fué más breve: su orgullo de mujer aguzaba sus sentidos. Vió más allá de aquella cabeza desconocida el coro de antiguos retratos que parecía guardarla.

¡Ay! ¡sus ojos de inmensa extrañeza! ¡la mirada de frío asombro que clavó en el pintor, examinándole de cabeza á pies!...

—¿Es Josefina?...

Él inclinó la frente, con muda respuesta. Pero le pareció una cobardía su silencio; sintió la necesidad de gritar, en presencia de aquellos lienzos, lo que afuera no había osado decir. Era un deseo de halagar á la muerta, de implorar su perdón, confesando su amor sin esperanza.

—Sí; es Josefina.

Y lo dijo avanzando un paso, gallardamente, mirando á Concha como si fuese un enemigo, con cierta hostilidad en los ojos que no pasó inadvertida para ella.

No se dijeron más. La condesa no podía hablar. Su sorpresa rebasaba los límites de lo verosímil, de lo conocido.

¡Enamorado de su mujer... y después de muerta! ¡Encerrado como un asceta, para pintarla con una hermosura que nunca había tenido!... La vida ofrecía grandes sorpresas, pero esto, seguramente, no se había visto nunca.

Creyó que caía y caía, empujada por el asombro, y al término de esta caída se encontró otra, sin una queja, sin un estremecimiento de dolor, pareciéndole extraño todo cuanto la rodeaba; la habitación, el hombre, los cuadros. Aquello iba más allá de sus sentimientos. Una hembra sorprendida allí, le hubiese hecho llorar, rugir de dolor, revolcarse en el pavimento, amar aún más al maestro, con el atizamiento de los celos. ¡Pero encontrarse con la rivalidad de una muerta! ¡Y además de muerta... su mujer!... El caso le pareció de una ridiculez sobrehumana: sentía deseos locos de reir. Pero no rió. Recordaba la mirada anormal que había sorprendido en el artista al entrar en el estudio; creía ver ahora en sus ojos una chispa de aquel mismo fulgor.