De pronto sintió miedo; miedo á la soledad sonora de aquella nave; miedo al hombre que la contemplaba en silencio, como si no la conociese, y hacia el cual experimentaba Concha la misma extrañeza.

Aun tuvo para él una mirada de conmiseración, de esa ternura que siente toda mujer ante la desgracia, aunque aflija á un desconocido. ¡Pobre Mariano! Todo había acabado entre ellos. Evitó el tuteo; le tendió los dedos de su diestra enguantada, con un ademán de gran señora inabordable. Habían pasado mucho tiempo en esta situación, en la que sólo hablaban sus ojos.

—Adiós, maestro; ¡cuidarse!... No se moleste acompañándome; conozco el camino. Siga su trabajo: pinte mucho...

Taconearon sus pies nerviosamente al alejarse sobre el pavimento encerado, que ya no habían de pisar nunca. El revoloteo de su falda esparció por última vez en el estudio su estela de perfumes.

Renovales respiró con más libertad al verse solo. Terminaba para siempre el error de su vida. De esta entrevista no le quedaba otro escozor que la indecisión de la condesa ante el retrato. La había reconocido antes que Cotoner, pero también había vacilado. Nadie se acordaba de la muerta; sólo él guardaba su imagen.

Aquella misma tarde, antes de que llegase su viejo amigo, recibió el maestro otra visita. Su hija se presentó en el estudio, adivinándola Renovales antes de que entrase, por el estrépito de alegría y de vida exuberante que parecía marchar ante sus pasos.

Venia á verle; le había prometido una visita desde muchos meses antes. Y el padre sonrió con indulgencia, recordando ciertas quejas de la última entrevista. ¿Nada más venía por verle?...

Milita se hizo la distraída, examinando el estudio que no había visitado en mucho tiempo.

—¡Calla!—exclamó.—¡Si es mamá!

Miraba el retrato con cierto asombro, pero el artista se mostró satisfecho de la prontitud con que la había reconocido. ¡Al fin, su hija! ¡El instinto de la sangre!... El pobre maestro no vió la ojeada á los otros retratos que había guiado á la joven en su inducción.