—¿Te gusta? ¿Es ella?—preguntó ansioso como un principiante.
Milita respondía con cierta vaguedad. Sí, estaba bien; tal vez un poco más hermosa que había sido. Ella no la conoció nunca así.
—Es verdad—dijo el maestro.—Tú no la viste en sus buenos tiempos. Pero así era antes de que tú nacieses. Tu pobre madre era muy hermosa.
Pero la hija no mostró gran emoción ante esta imagen. Le parecía extraña. ¿Por qué estaba la cabeza en un extremo del lienzo? ¿Qué pensaba añadir? ¿Qué significaban aquellos trazos?... El maestro se excusó con cierto rubor, temiendo comunicar su pensamiento á la hija, súbitamente dominado por una pudibundez paternal. Ignoraba aún lo que haría; tenía que decidirse por un vestido que encajase bien. Y en un acceso de súbita ternura, se humedecieron sus ojos y besó á su hija.
—¿Te acuerdas mucho de ella, Milita?... ¿Verdad que era muy buena?
La hija sintióse contagiada por la tristeza del padre, pero fué un momento nada más. Su vigor, su salud, su alegría de vivir, repelían pronto las impresiones tristes. Sí, muy buena; se acordaba de ella con frecuencia... Tal vez decía verdad: pero estos recuerdos no eran profundos ni dolorosos: la muerte le parecía una cosa sin sentido, un incidente remoto y poco temible que no turbaba la serena calma de su equilibrio físico.
—¡Pobre mamá!—añadió á guisa de oración.—Para ella fué un consuelo el marcharse. ¡Siempre enferma, siempre triste! ¡Con una vida así, más vale morir!...
Había en sus palabras cierta amargura; el recuerdo de una juventud compartida con aquella eterna enferma, de humor desigual, y en un ambiente entristecido por la sequedad hostil con que se trataban los padres. Además, su gesto era glacial. Todos hemos de morir: que los débiles se vayan antes, y dejen el sitio á los fuertes. Era el egoísmo inconsciente y cruel de la salud. Renovales veía de pronto el alma de su hija, por este desgarrón inesperado de su franqueza. La muerta los conocía bien á los dos. Era suya, toda suya. Él también poseía este egoísmo del fuerte que le había hecho aplastar la debilidad y la delicadeza, puestas á su amparo. Á la pobre Josefina sólo le quedaba él, arrepentido y en eterna adoración. Para los demás, no había pasado por el mundo: ni en su hija perduraba el dolor de su muerte.
Milita volvió la espalda al retrato. Se olvidaba de su madre y de la obra de papá. ¡Chifladuras de artista! Ella había venido á otra cosa.
Se sentó junto á él, casi lo mismo que horas antes se había sentado otra mujer. Acariciábale con su voz cálida, que tomaba cierta entonación de arrullo felino. Papá, papaíto... era muy desgraciada... Venía á verle, á contarle sus pesares.