—Sí; dinero—dijo el maestro algo molesto por la falta de emoción con que hablaba de su madre.

—Dinero, papaíto, ya lo sabes; ya te lo dije el otro día. Pero no es eso sólo. ¡Rafael... mi marido! ¡esto es una vida imposible!

Y relataba las insignificantes contrariedades de su existencia. Para no creerse en prematura viudez, tenía que acompañar á su marido en el automóvil, interesarse en sus excursiones que antes le parecían una diversión y ahora le resultaban intolerables.

—Una vida de peón caminero, papá; siempre tragando polvo, contando kilómetros. ¡Á mí que me gusta tanto Madrid! ¡que no puedo vivir fuera de él!...

Se había sentado en las rodillas de su padre, le hablaba con los ojos puestos en los suyos, acariciándole la cabellera, tirándole de los bigotes, con travesuras de niña... casi lo mismo que la otra.

—Además, es roñoso; por él iría como una cursi; todo le parece demasiado... Papaíto, sácame de este apuro; son dos mil pesetas nada más. Con esto me arreglo, y no te molestaré con nuevos empréstitos... Anda, papaíto dulce. Mira que las necesito en seguida, que por no incomodarte he aguardado hasta el último momento.

Renovales se agitaba molestado por el peso de su hija; una soberbia moza que caía sobre él con abandonos de niña. Irritábale su confianza filial. Su perfume de mujer le hacía recordar aquel otro que turbaba sus noches, esparciéndose por la soledad de las habitaciones. Parecía haber heredado la carne de la muerta.

La rechazó con cierta rudeza, y ella tomó esta repulsión por una negativa á sus súplicas. Se entristeció su cara, pusiéronse llorosos sus ojos, y el padre se arrepintió de su brusquedad. Le extrañaban sus incesantes peticiones de dinero. ¿Para qué lo quería?... Recordaba los grandes regalos de su boda, aquella abundancia principesca de ropas y alhajas que se había exhibido allí mismo, en los estudios. ¿Qué le faltaba á ella?... Pero Milita miraba á su padre con asombro. Había transcurrido más de un año desde entonces. Bien se veía que papá era un ignorante en estos asuntos. ¡Iba ella á usar los mismos vestidos, los mismos sombreros, iguales adornos, en un periodo larguísimo, interminable... de más de doce meses? ¡Qué horror! ¡Qué cursilería! Y aterrada por tanta monstruosidad, comenzaron á asomar sus tiernas lagrimitas, con gran inquietud del maestro...

Calma, Milita; no había por qué llorar. ¿Qué deseaba? ¿dinero?... Al día siguiente la enviaría todo el que necesitase. Guardaba poco en casa; tenía que pedirlo al Banco... operaciones que ella no comprendería. Pero Milita, alentada por su victoria, insistió en la petición con una tenacidad desesperante. La engañaba; no se acordaría de ella al día siguiente; conocía bien á su padre. Además, necesitaba el dinero en seguida; compromisos de honor (y lo afirmaba con gravedad), miedo á las amigas por si se enteraban de sus deudas.

—Ahora mismo, papaíto. No seas malo; no te diviertas en hacerme rabiar. Debes tener dinero: mucho dinero. Tal vez lo llevas encima... Á ver, papaíto malo, déjame que te registre, déjame ver la cartera... No digas que no; sí que la llevas... ¡sí que la llevas!