Hundía sus manos en el pecho de su padre, desabrochando su chaquetón de trabajo, cosquilleándole audazmente por llegar al bolsillo interior. Renovales se defendía con cierta flojedad. Tonta; perdía el tiempo; ¿dónde estaría la cartera?... Él no la llevaba nunca en ese traje.

—¡Si está aquí, mentirosín!—gritó con alegría la hija, persistiendo en su registro.—¡La toco!... ¡Ya la tengo!... Mírala.

Era cierto. El pintor no se acordaba de que la había cogido por la mañana para pagar una cuenta, guardándola luego distraídamente en su chaquetón de pana.

Milita la abrió con una avidez que hizo daño á su padre. ¡Ay, aquellas manos de mujer, temblonas al buscar el dinero! Se tranquilizó pensando en la fortuna que había reunido, en los papeles de diversos colores que guardaba en un mueble. Todo ello sería para su hija, y esto tal vez la salvase del peligro á que la arrastraba su ansia de vivir entre las vanidades y oropeles de la femenina esclavitud.

En un instante sus manos se apoderaron de un buen número de billetes de diversos tamaños, formando un rollo que oprimió fuertemente entre sus dedos.

Renovales protestaba.

—Suelta, Milita, no seas niña. Me dejas sin dinero. Mañana te lo enviaré; deja eso ahora... Es un saqueo.

Ella le evitaba; se había puesto de pie; manteníase á distancia, elevando su mano por encima del sombrero para poner á salvo su botín. Reía con grandes carcajadas de su travesura... ¡Ni uno pensaba devolverle! No sabía cuántos eran; los contaría en su casa; saldría del paso por el momento, y al día siguiente le pediría lo que faltase.

El maestro acabó por reir, sintiéndose contagiado por su regocijo. Perseguía á Milita con el deseo de no alcanzarla; la amenazaba con grotesca severidad; la llamaba ladrona, lanzando voces de socorro, y así corretearon de uno á otro estudio. Antes de desaparecer, se detuvo Milita en la última puerta, levantando con autoridad un dedo enguantado de blanco.

—Mañana, el resto; no hay que olvidarlo... Mira, papaíto, que esto es muy serio. Adiós; te espero mañana.