Y desapareció, dejando en su padre algo de la alegría con que se habían perseguido.
El crepúsculo fué triste. Renovales permaneció sentado ante las imágenes de su mujer, contemplando aquella cabeza disparatadamente hermosa, que á él le parecía el más fiel de los retratos. Su pensamiento fué hundiéndose en la sombra que surgía de los rincones, envolviendo los lienzos. Sólo temblaba en los vidrios una luz pálida, brumosa, cortada por las lineas negras de las ramas exteriores.
Solo... solo para siempre. Tenía el cariño de aquella muchachota que acababa de irse, alegre, insensible á todo lo que no halagase su vanidad juvenil, su hermosura saludable. Tenia la adhesión de perro viejo de su amigo Cotoner, que no podía vivir sin verle, pero era incapaz de dedicarle su existencia por entero, y la compartía entre él y otras amistades, celoso de conservar su libertad de bohemio.
Y esto era todo... Bien poca cosa.
Próximo á la vejez, contemplaba una luz cruda y rojiza que parecía irritar sus ojos, el camino de desolación, yermo y monótono que le aguardaba... y á su final, la muerte. ¡La muerte! Nadie la ignoraba; era la única certeza; y sin embargo, transcurría la mayor parte de la vida sin pensar nunca en ella, sin verla.
Era como una de esas epidemias, en países lejanos, que devoran las existencias á millones. Se habla de ella como de un hecho cierto, pero sin estremecimiento de horror, sin temblores de miedo. «Está demasiado lejos; tardará mucho en llegar.»
Había nombrado muchas veces á la muerte, pero con los labios, sin que su pensamiento abarcase la significación de la palabra, sintiéndose vivir al mismo tiempo, aferrado á la existencia por las ilusiones y los deseos.
La muerte estaba al final de la ruta: nadie podía evitar su encuentro, pero todos tardaban en verla. Las ambiciones, los deseos, los amores, las crueles necesidades animales, distraían al hombre en su marcha hacia ella; eran como los bosques, los valles, el cielo azul y los ríos de tortuoso espejo, que entretenían al caminante, ocultándole el término del paisaje, el límite fatal, la negra garganta sin fondo á la que conducían todos los caminos.
Él estaba en las últimas jornadas. El sendero de su existencia se hacía desolado y triste; la vegetación se empequeñecía; las grandes arboledas trocábanse en líquenes boreales, ralos y miserables. Llegaba hasta él un hálito glacial del lóbrego desfiladero; le veía en el fondo; marchaba irremisiblemente hacia su garganta. Los campos de ilusión, con sus alturas luminosas, que antes cerraban el horizonte, quedábanse atrás y era imposible retroceder. En este camino nadie volvía sobre sus pasos.
Había gastado media vida luchando por la riqueza y por la gloria, esperando cobrar alguna vez los réditos de ésta con los placeres del amor... ¡Morir! ¿Quién pensaba en esto? Era entonces una amenaza remota y sin sentido. Se creía provisto de una misión providencial: la muerte no se atrevería con él, no llegaría hasta que su trabajo estuviese terminado. Le quedaban muchas cosas que hacer... Y bien; todo estaba hecho ya, no existían para él deseos humanos. Todo lo tenía... Ya no se levantaban ante sus pasos torres quiméricas que asaltar. En el horizonte, limpio de obstáculos, sólo se presentaba la gran olvidada... la muerte.