No quería verla; aun le quedaba una gran jornada en este camino que puede crecer, prolongarse, según las fuerzas del caminante, y sus piernas eran vigorosas.

Pero ¡ay! marchar, marchar años y años, con la vista fija en la lóbrega garganta, contemplándola siempre al término del horizonte, sin poder arrancarse un instante á la certeza de que estaba allí, era un martirio sobrehumano, que le obligaría á acelerar el paso, á correr para acabar cuanto antes.

¡Nubes engañosas que encapotasen el horizonte, ocultando esta realidad que amarga el pan, que entenebrece el ánimo y hace maldecir la inutilidad de haber nacido!... ¡Mentirosos y gratos espejismos que hacen surgir un paraíso de los sombríos yermos de la última jornada! ¡Ilusión, á mí!...

Y el triste maestro agrandaba con el pensamiento el último fantasma de su deseo; colgaba de la imagen amada de la muerta todos los delirios de su imaginación, deseando infundirla nueva vida con una parte de la suya. Cogía á puñados el barro del pasado, la masa del recuerdo, para hacerla más grande, ¡muy grande! que ocupara todo el camino, que cerrase el horizonte como un cerro inmenso, que ocultase hasta el último instante el lóbrego desfiladero término de la jornada.

V

La conducta del maestro Renovales fué motivo de extrañeza, y hasta de escándalo, para todos sus amigos.

La condesa de Alberca mostraba especial cuidado en hacer saber á todos que no la unían con el pintor otras relaciones que las de una amistad cada vez más glacial y ceremoniosa.

—Está loco—decía.—Es un hombre acabado. No queda de él más que un recuerdo de lo que fué.

Cotoner, en su amistad inquebrantable, indignábase al oir ciertos comentarios sobre el ilustre maestro.

—No bebe. Todo lo que dicen por ahí, son mentiras: la eterna leyenda de los hombres célebres...