Él tenia su opinión sobre Mariano: conocía su deseo de una existencia agitada, de imitar en plena madurez las costumbres de la juventud, con un hambre de todos los misterios que creía ocultos en esta mala vida, de la que había oído hablar, sin atreverse hasta entonces á mezclarse en ella.

Cotoner acogía con indulgencia las nuevas costumbres del maestro. ¡Infeliz!

—Estás poniendo en acción las aleluyas de «El hombre malo»—decía á su amigo.—Tienes la voracidad del hombre virtuoso cuando deja de serlo, cerca ya de la vejez. Te pones en ridículo, Mariano.

Pero á impulsos de su fidelidad, se dejaba arrastrar por el maestro en su nueva existencia. Por fin había accedido á vivir con él. Ocupaba, con sus pobres trastos, un gabinete del hotel y cuidaba de Renovales, rodeándolo de una solicitud paternal. El bohemio mostraba por él cierta compasión. Era la historia de siempre: «el que no la hace á la entrada, la hace á la salida», y Renovales, después de una existencia de seriedad y trabajo, lanzábase á la vida desordenada, con aturdimiento de adolescente, admirando los placeres vulgares, revistiéndolos de las seducciones más ilusorias.

Muchas veces, Cotoner le acosaba con sus quejas. ¿Para qué le había llevado á vivir con él?... Le abandonaba días enteros; quería salir solo; le dejaba en el hotel como un mayordomo de confianza. El viejo bohemio enterábase minuciosamente de su vida. Muchas veces, los alumnos de Bellas Artes, agrupados al anochecer junto al portalón de la Academia, le veían pasar por la acera de la calle de Alcalá, embozado en su capa, con un afectado misterio que atraía la atención.

—Ahí va Renovales. Ese es; el de la capa.

Y le seguían, con la curiosidad que inspira un nombre célebre, en sus idas y venidas por la anchurosa calle, con revuelos de palomo silencioso, como si esperase algo. Algunas veces, cansado sin duda de estas evoluciones, se metía en un café, y la curiosa admiración le seguía, pegando los ojos á los cristales de los huecos. Le veían caído en la banqueta, con aire de desaliento, contemplando sus vagos ojos la copa que tenía delante; siempre lo mismo: cognac. De pronto la bebía de golpe, pagaba y salía rápidamente, con la precipitación del que ha tragado un medicamento. Y otra vez continuaba sus paseos de exploración, con los ojos ávidos, mirando por encima del embozo á todas las mujeres que pasaban solas, volviéndose para seguir la marcha de unos tacones torcidos, el aleteo de unas enaguas morenas, con manchas de barro. Al fin se alejaba con repentina resolución; desaparecía casi pegado á la cola de alguna hembra, siempre del mismo aspecto. Los muchachos conocían las preferencias del gran artista: mujercitas pequeñas, débiles, enfermizas, de una gracia de flor mustia, con ojos grandes, mates y dolorosos.

Una leyenda de extraña aberración se iba formando en torno de él. Sus enemigos la repetían en los estudios: la gran masa, que no puede imaginarse á los hombres célebres con la misma vida que los demás, y los quiere caprichosos, atormentados por hábitos de extraordinaria monstruosidad, comenzaba á hablar con delectación de las manías del pintor Renovales.

En todas las tiendas de carne humana, desde los pisos discretos de apariencia burguesa esparcidos en las vías más respetables, á los antros húmedos y malolientes que arrojan por la noche sus géneros á la calle de Peligros, circulaba la historia de cierto señor, provocando grandes risas. Llegaba embozado, misterioso, siguiendo con apresuramiento el almidonado estrépito de unas faldas pobres que marchaban ante él. Atravesaba el lóbrego portal con cierto miedo, subía la tortuosa escalera que parecía oler á residuos de vida, apresuraba la aparición de las desnudeces con mano ávida, como si le faltase el tiempo, como si creyera morir antes de realizar su deseo, y de pronto las pobres hembras que soportaban con cierta inquietud su silencio febril y el hambre de fiera que lucía en sus ojos, sentían tentaciones de reir, viéndole caer desalentado en una silla, en contemplativo silencio, sin oir las palabras brutales que lanzaban ellas asombradas de la situación; sin hacer caso de sus gestos é invitaciones, saliendo únicamente de este estupor cuando fría y un tanto ofendida, intentaba la hembra recobrar sus ropas. «Más, un momento más.» Casi siempre terminaba esta escena por un gesto de disgusto: una amargura de decepción. Otras veces los maniquíes carnales creían ver en sus ojos una expresión dolorosa, como si fuese á llorar. Huía después apresuradamente, oculto en su capa, con repentina vergüenza, con el firme propósito de no volver, de resistirse á aquel demonio de hambrienta curiosidad que llevaba dentro y no podía ver en la calle un cuerpo femenil sin sentir un deseo vehemente de desnudarlo.

Á oídos de Cotoner llegaban vagamente estas noticias. ¡Mariano! ¡Mariano! Él no osaba echarle en cara las vergüenzas de su vida nocturna: temía una explosión del violento, carácter del maestro; había que dirigirle con prudencia. Pero lo que más provocaba las censuras del viejo amigo, era la gente de que se rodeaba el artista.