El falso reverdecimiento de su vida le hacía buscar la compañía de los jóvenes, y Cotoner se daba á todos los demonios, cuando á la salida de los teatros le encontraba en un café, rodeado de sus nuevos camaradas, todos los cuales podían ser sus hijos. Eran en su mayoría pintores, gente que empezaba; unos con cierto talento, otros sin más mérito que su mala lengua: todos satisfechos de la amistad con el hombre célebre, gozándose, con un orgullo de enanos, en tratarle como si fuese un camarada, bromeando sobre sus debilidades. ¡Ira de Dios!... Algunos más audaces, hasta le devolvían su tuteo de maestro, tratándole como á una ruina gloriosa, permitiéndose comparaciones entre su pintura y la que ellos harían cuando pudiesen. «Mariano, el arte va ahora por otros caminos.»

—¡Pero no te da vergüenza!—exclamaba Cotoner.—Pareces un maestro de escuela rodeado de pequeños. Hay para pegarte. ¡Un hombre como tú, aguantando las insolencias de esa gentecilla!

Renovales mostraba una bondad inconmovible. Eran muy simpáticos; le divertían; encontraba en ellos la alegría de la juventud. Iban juntos á los teatros, á los music-halls: conocían mujeres, sabían dónde se ocultaban los buenos modelos: con ellos podía entrar en muchos sitios adonde no se atrevía á ir solo. Sus años, su fealdad grave, pasaban inadvertidos entre esta alegre juventud.

—Me sirven—decía con un guiño de inocente malicia el pobre grande hombre.—Me divierto y me hacen conocer muchas cosas... Además, esto no es Roma: no hay apenas modelos: cuesta mucho encontrarlas y estos chicos son mis guías.

Y hablaba á continuación de sus grandes proyectos artísticos; de aquel cuadro de Friné, con su desnudo inmortal, que había vuelto á surgir en su pensamiento; de aquel retrato amado que seguía en el mismo sitio sin que el pincel pasase de la cabeza.

No trabajaba. Su antigua actividad, que hacía de la pintura un elemento preciso de su existencia, desbordábase ahora en palabras, en deseos de verlo todo, para conocer «nuevos aspectos de la vida».

Soldevilla, el discípulo predilecto, veíase acosado por las preguntas del maestro, cuando de tarde en tarde presentábase en su estudio.

—Tú debes conocer buenas mujeres, Soldevillita: tú has corrido mucho, con esa cara de querubín... Me has de llevar contigo: me has de presentar.

—¡Maestro!—exclamaba asombrado el joven.—¡Si aun no hace medio año que me he casado! ¡Si no salgo de casa por la noche!... ¡Qué bromas tiene usted!

Renovales le respondía con una mirada de desprecio. ¡Un vividor el tal Soldevilla! Ni juventud... ni alegría. Todo lo echaba en chalecos multicolores y cuellos altos. ¡Y qué hormiguita! Se había casado con una mujer rica, ya que no pudo atrapar á la hija del maestro. Además, un desagradecido. Ahora se juntaba con sus enemigos, convencido de que ya no podía sacar más de él. Le despreciaba; ¡lástima de protección que le había acarreado tantos disgustos!... No era un artista.