La muchacha, oyéndole gemir, tuvo miedo, y corrió hacía el cuarto de los modelos para quitarse aquellos adornos, para huir. Aquel señor debía estar loco.

El maestro lloraba. ¡Adiós, juventud! ¡Adiós, deseo! ¡Adiós, ilusión, sirena encantadora de la existencia que huyes para siempre! Inútil buscar; inútil debatirse en la soledad de su vida. La muerte le tenía bien agarrado; era suyo y sólo con ella podría resucitar su juventud. Eran vanos estos simulacros. No encontraría otra que evocase el recuerdo de la muerta, como esta mujer alquilada que habían envuelto sus brazos... y sin embargo, ¡no era ella!

En el instante supremo, al tocar la realidad, desvanecíase aquel algo indefinible que había encerrado el cuerpo de su Josefina, de su maja desnuda, adorada en las noches de juventud.

La decepción inmensa, irreparable, extendía por su cuerpo la calma glacial de la vejez.

¡Venid abajo, torreones de la ilusión! ¡Derrumbaos, alcázares engañosos, construidos por el ansia de embellecer la jornada, de ocultar el horizonte!... La ruta quedaba limpia, árida, desierta. En vano se sentaría al borde del camino, retardando la hora de reanudar la marcha; en vano bajaría la cabeza para no ver. Cuanto mayor fuese su descanso, más largo sería el tormento del miedo. Iba á contemplar á todas horas, sin nubes y sin obstáculos, el temido final de la última jornada; la posada de donde no se vuelve; la garganta de voraces negruras... la muerte.

FIN

Madrid, Febrero-Abril 1906.