Por instinto, por costumbre, había cogido su paleta y un pincel manchado en negro, intentando trazar los contornos de aquella figura. ¡Ah, mano de viejo; mano torpe y temblorosa!... ¿Adónde habían volado su felicidad de otros tiempos, su dibujo, sus cualidades que asombraban? ¿Realmente había pintado alguna vez? ¿Era ciertamente el pintor Renovales?... Todo lo había olvidado de pronto. Su cráneo parecía vacío, su mano paralítica, el lienzo blanco le inspiraba el terror de lo desconocido... Él no sabía pintar: él no podía pintar. Eran inútiles sus esfuerzos. Su pensamiento se había apagado. Tal vez... otro día. Ahora le zumbaban los oídos, su rostro estaba pálido y sus orejas rojas, violáceas, como si fuesen á manar sangre. Sentía en su boca el tormento de una sed mortal.

La «Bella Fregolina» le vió arrojar la paleta y venir sobre ella, con un gesto de fiera loca.

Pero no sintió miedo: conocía estos rostros trastornados. La brusca acometida entraba sin duda en el programa; estaba prevista al ir allí, después de su conversación amistosa con el yerno... Aquel señor tan grave, tan imponente, era igual á todos los hombres que ella conocía; le agitaba la misma brutalidad.

Le vió llegar á ella con los brazos abiertos, estrecharla fuertemente, caer á sus pies con un mugido ardoroso, sordo, como si se ahogase; y ella, buena muchacha, misericordiosa, le animó, inclinando la cabeza, ofreciendo los labios, con cierto mohín amoroso y automático, que era la herramienta de su profesión.

Este beso acabó de trastornar al maestro.

—¡Josefina! ¡Josefina!...

El perfume de los tiempos felices surgía de las ropas, envolviendo aquel cuerpo adorable. ¡Era su vestido; era su carne! Iba á morir á sus pies, con la asfixia del inmenso deseo que dilataba su cuerpo angustiosamente, deseando estallar. Era ella: sus mismos ojos... ¡Sus ojos! Y al levantar la mirada para sumirse en sus dulces pupilas, para contemplarse en su tembloroso espejo, vió unos ojos fríos, que le examinaban entornados, con una curiosidad profesional, paladeando irónicamente desde su altura serena esta borrachera de la carne, esta locura que se arrastraba gimoteando de deseo.

Renovales quedó aturdido por la sorpresa, sintió que algo helado bajaba por su espalda, paralizándole: se velaron sus ojos con una nube de decepción y desconsuelo.

¿Era realmente Josefina la que tenia entre sus brazos?... Era su cuerpo, su perfume, sus ropas, su pálida belleza de flor moribunda... Pero no; no era ella. ¡Aquellos ojos!... En vano le miraban de otro modo, alarmados por esta súbita reacción; en vano se dulcificaban tomando una luz de ternura, con la habilidad de la costumbre. El engaño era inútil; él veía más allá, penetraba por estas ventanas luminosas hasta lo más hondo, encontrando sólo el vacío. El alma de la otra no estaba allí. Aquel perfume enloquecedor ya no le emocionaba; era una falsa esencia. Sólo tenia ante él una reproducción del vaso adorado; pero el incienso, el alma, perdidos para siempre.

Renovales, puesto de pie, caminaba hacia atrás, mirando á aquella mujer con ojos de espanto, y acabó por arrojarse en un diván, con la cara entre las manos.