Pero el maestro suplicaba impaciente. Era necesario todo: lo exigía su pintura. El largo silencio de la muchacha, delató la conformidad con que iba endosándose estas prendas antiguas, dominando su repugnancia.
Cuando salió del cuarto, sonreía con cierta lástima, como si se burlase de ella misma. Renovales se hizo atrás, conmovido por su propia obra, deslumbrado, sintiendo que le zumbaban las sienes, creyendo que cuadros y muebles se agitaban, queriendo rodar en torno de él.
¡Pobre «Fregolina»! ¡Adorable mamarracho! Sentía grandes ganas de reir, pensando en la tempestad de berridos que estallaría en su teatro al verla aparecer en escena vestida de este modo, en las burlas de los amigos si se presentase, en una de sus cenas, adornada con estas ropas de veinte años antes. Ella no había conocido estas modas y le parecían de una antigüedad remota. El maestro se apoyó emocionado en el respaldo de un sillón.
—¡Josefina! ¡Josefina!
Era ella, tal como la guardaba en su memoria; la del dulce verano de las montañas romanas, con su traje de color rosa y aquel sombrero campestre que la daba el aire gracioso de una aldeana de opereta. Aquellas modas, de las que se reía ahora la juventud, eran para él las más hermosas, las más artísticas que había producido el gusto femenil, las que le recordaban la primavera de su vida.
—¡Josefina! ¡Josefina!
Permaneció mudo, pues estas exclamaciones nacían y morían en su pensamiento. No osaba moverse ni hablar, como si temiera ver desvanecida esta aparición de ensueño. Ella, sonriente, gozábase en el efecto que su aparición causaba en el pintor, y al verse reflejada por un lejano espejo, reconocía que en este raro adorno de su persona no estaba del todo mal.
—¿Dónde me pongo? ¿Sentada? ¿Derecha?...
El maestro apenas lograba hablar: su voz era ronca, trabajosa. Podía colocarse como quisiera... Y ella se sentó en un sillón, adoptando una postura que consideraba elegantísima; la mejilla en una mano, las piernas montadas una sobre otra, lo mismo que en el reservado de su teatrillo, mostrando por debajo de la falda una media de color rosa, de finos calados; la misma envoltura de seda que recordaba al pintor otra pierna adorada.
¡Era ella! La tenía ante sus ojos, corpórea, con su perfume de carne amada.