Miró en torno de ella con una sonrisa de profesional, deseando terminar cuanto antes la molesta situación.

—Cuando usted quiera. ¿Dónde me desnudo?

Renovales se estremeció al oir su voz, como si hubiese olvidado que podía hablar aquella imagen. Le extrañó también la llaneza con que ahorraba explicaciones.

Su yerno hacía bien las cosas: la había traído aleccionada, insensible á toda sorpresa.

El maestro la condujo á la habitación de los modelos y quedó fuera, prudentemente, volviendo la cabeza sin saber por qué, para no ver por la puerta entreabierta. Transcurrió un largo silencio, cortado por el suave fru-fru de las ropas caídas, por el clic metálico de botones y corchetes. De pronto la voz de ella llegó hasta el maestro, ahogada, lejana, con cierta timidez.

—¿Las medias, también?... ¿Es preciso que me las quite?

Renovales conocía esta resistencia de todas las modelos al desnudarse por vez primera. López de Sosa, extremando su buen deseo de complacer á papá, la había hablado de prestar su cuerpo por entero, y ella se desnudaba, sin pedir más explicaciones, con la calma del deber aceptado, creyendo que era absurda su presencia allí para otra cosa que no fuese esto.

El pintor salió de su mutismo; gritó con inquietud. No debía quedarse desnuda. En el cuarto tenía lo necesario para vestirse. Y sin volver la cabeza, introduciendo un brazo por la puerta entreabierta, le mostraba á ciegas lo que él había dejado. Allí tenía un vestido rosa, un sombrero, zapatos, medias, una camisa...

Pepita protestó al reconocer estas prendas, mostrando aversión á cubrir sus carnes con ropas intimas, que parecían usadas y viejas.

—¿La camisa también? ¿También las medias?... No; con el vestido basta.