Entraron. La «Bella Fregolina» mostraba asombro en sus ojos; parecía intimidada por el silencio majestuoso del estudio. ¡Aquel hotel tan grande, tan señorial, tan distinto de todos los que ella había visto!... ¡Aquel lujo antiguo, sólido, histórico, con sus muebles raros que la infundían pavor!... Miró á Renovales con respeto. Le parecía más distinguido, más aseñorado que aquel otro hombre entrevisto vagamente en las butacas de su teatrillo. Le inspiraba miedo, como si fuese un gran personaje, distinto á cuantos hombres había ella tratado. Á esta inquietud se unía cierta admiración. ¡El dinero que tendría aquel prójimo, viviendo con tal aparato!...
Renovales también la miraba emocionado, al tenerla tan cerca.
En el primer instante sintió cierta duda. ¿Realmente se parecía á la otra?... Le desconcertaba la pintura de su rostro; la capa de colorete blanco, con líneas negras en los ojos, que se delataba al través del velo. La otra no se pintaba. Pero al fijarse en sus ojos, surgió de nuevo la conmovedora semejanza, y partiendo de éstos, fué reconstituyendo el rostro adorado, bajo la capa de grasas de color.
La divette examinaba los lienzos que cubrían las paredes. ¡Qué bonito! ¿Y todo aquello lo hacía este señor?... Ella deseaba verse así, arrogante y hermosa en el fondo de un cuadro. ¿De veras deseaba pintarla? Y se erguía con vanidad, satisfecha de que la creyesen hermosa, de gozar la emoción, hasta entonces no deseada, de ver reproducida su imagen por un gran artista.
López de Sosa excusábase con su suegro. Habían tardado por culpa de ella. Con mujeres como ésta nunca había prisa. Se acostaba al amanecer: la había encontrado en la cama...
Luego se despidió, comprendiendo lo embarazosa que resultaba su presencia. Pepita era una buena muchacha; estaba deslumbrada por sus palabras y por el aspecto de la casa. Podía hacer de ella lo que quisiese.
—Vaya, chica, ahí te quedas. El señor es mi papá; ya te lo he dicho. Á ver si eres buena niña.
Y se fué, seguido de la risa forzada de los dos, que celebraron con una alegría embarazosa esta recomendación paternal.
Quedaron en un silencio largo y penoso. El maestro no sabía qué decir. Sobre su voluntad pesaban la timidez y la emoción. Ella no se mostraba menos conmovida. Aquella nave tan grande, tan silenciosa, tan imponente, con su lujo macizo y soberbio, distinto de todo lo que ella había visto, la intimidaba. Sentía el vago temor que precede á una operación desconocida. La turbaban además los ojos ardientes de aquel hombre, fijos en ella, con un temblor en las mejillas y un movimiento de los labios, como si éstos sintieran los tormentos de la sed...
Pronto se repuso de su timidez. Estaba habituada á estos momentos de vergonzoso mutismo que preceden al encuentro en la soledad de dos personas extrañas. Conocía estas entrevistas, que empiezan con cierta vacilación y acaban en ruidosas intimidades.