Cotoner se fué con gesto de resignación, y al volver una hora después, vió á Renovales en el cuarto de los modelos poniendo en orden varias ropas.

El viejo amigo alineó sobre la mesa sus paquetes. Puso los dulces en platos antiguos y sacó las botellas de sus envolturas.

—El señor está servido—dijo con un respeto irónico.—¿Quiere algo más el señor?... Toda la familia está en revolución por esa alta dama: tu yerno te la trae; yo te sirvo de criado... sólo falta que llames á tu hija para que la ayude á desnudarse.

—Gracias, Pepe; muchas gracias—exclamó el maestro con ingenua efusión, sin sentirse molestado por sus burlas.

Á la hora del almuerzo, Cotoner le vió entrar en el comedor, muy peinado, muy acicalado, el bigote rizado á tenacilla, vistiendo su mejor traje y con una rosa en la solapa. El bohemio rió con grandes carcajadas. ¡Aquello más!... Estaba loco; se iban á burlar de él.

Apenas tocó los platos. Después paseó sólo por el estudio. ¡Con qué lentitud transcurría el tiempo!... Miraba á cada una de sus vueltas por los tres salones las manecillas de un antiguo reloj de porcelana de Sajonia, puesto sobre una mesa de mármol de colores, reflejando su parte trasera en un profundo espejo veneciano.

Ya eran las tres... El maestro se preguntó con inquietud si no vendría. Las tres y cuarto... las tres y media. No, no vendría; había pasado la hora. ¡Aquellas mujeres, que vivían rodeadas de compromisos y exigencias, sin tener por suyo un instante de su vida!...

De pronto oyo pasos y entró Cotoner.

—Ya está ahí; ahí la tienes... Salud, maestro... ¡Divertirse! Me parece que has abusado bastante de mí y que no exigirás que me quede.

Se fué haciendo con las manos irónicos signos de despedida, y poco después Renovales oyó la voz de López de Sosa, aproximándose lentamente, explicando á su acompañante aquellos cuadros, aquellos muebles que cautivaban su atención.