Una mañana Renovales llamó á Cotoner para hablarle con grandes extremos de alegría.
—¡Va á venir!... ¡Va á venir esta misma tarde!
El viejo paisajista hizo un mohín de extrañeza. «¿Quién?»
—La «Bella Fregolina»... Pepita. Me avisa mi yerno que la ha convencido; vendrá esta tarde á las tres. Él mismo la acompañará.
Luego tuvo una mirada de desolación para su taller de trabajo. Estaba abandonado desde hacía algún tiempo; había que arreglarlo. Y el doméstico por un lado y los dos artistas por otro, comenzaron apresuradamente el aseo de la gran nave.
Los retratos de Josefina y el lienzo con sólo su cabeza, fueron amontonados en un rincón, cara á la pared, por las febriles manos del maestro. ¿Para qué aquellos fantasmas si iba á presentarse la realidad?... En su lugar colocó un gran lienzo blanco, contemplando su virgen superficie con ojos de esperanza. ¡Las cosas que iba á hacer aquella tarde! ¡Qué fuerza sentía para el trabajo!...
Al quedar solos los dos artistas, Renovales se mostró inquieto, incontentable, pareciéndole siempre que faltaba algo para esta visita, en la que pensaba con escalofríos de inquietud. Flores; había que traer flores; llenar todos los vasos antiguos del estudio, crear un ambiente de suave perfume.
Y Cotoner recorrió el jardín con el criado, puso á saco la serre y volvió á entrar con una brazada de flores, obediente y sumiso como un amigo fiel, pero con un reproche irónico en los ojos. ¡Todo aquello por la «Bella Fregolina»! El maestro estaba trastornado; había vuelto de golpe á la infancia. ¡Con tal que esta visita le quitase su obsesión, que era casi una locura!...
Después pidió más. Había que preparar en una mesa del estudio dulces, Champagne, todo lo mejor que encontrase Cotoner. Éste habló de enviar al criado, quejándose de los trabajos que le acarreaba la visita de aquella muchacha, de la sonrisa cándida y las obscenidades enormes, con los codos pegados al talle.
—No, Pepe—suplicó el maestro.—Ve tú; no quiero que el criado se entere. Después habla... mi hija le acosa con preguntas.