La mujer movió la cabeza repitiendo el nombre. Estaba bien: Renovales. Lo mismo que si le hubiese dicho otro nombre cualquiera. Y sin ninguna emoción tomó los cinco duros que le daba el pintor.

—¡Cinco tiros!... ¡Imbécil!—murmuró el amigo perdiendo todo respeto al maestro.

No se dejó arrastrar más el buen Cotoner. En vano le hablaba con entusiasmo Renovales, todas las noches, de aquella muchacha, sintiéndose impresionado por sus transformaciones. Ahora se presentaba con un vestido de rosa pálido, casi semejante á ciertas ropas guardadas en los armarios de su hotel. Aparecía con un sombrero de flores y cerezas, mucho más grande, pero algo parecido á cierto sombrerillo de paja que podía él encontrar entre la confusión de los viejos adornos de la muerta. ¡Ay! ¡Cómo se acordaba de la pobre Josefina! Era un atizamiento de recuerdos que se renovaba todas las noches.

Falto del auxilio de Cotoner, iba á ver á la «Bella» con algunos de los jóvenes de su irrespetuosa corte. Estos muchachos hablaban de la divette con un desprecio respetuoso, como la zorra de la fábula contemplaba las lejanas uvas, consolándose con su acidez. Alababan su belleza, vista de lejos; era lilial según ellos; tenía la santa hermosura del pecado. Estaba fuera de su alcance; ostentaba valiosas joyas, y según sus noticias, tenía poderosos amigos, todos aquellos señoritos que ocupaban los palcos á última hora, vestidos de frac, y la aguardaban á la salida para llevarla á cenar.

Renovales consumíase de impaciencia, no encontrando el medio de acercarse á ella. Todas las noches repetía su envío de canastillas de flores, de grandes ramos. La divette debía estar enterada de la procedencia de tales obsequios, pues con sus ojos buscaba entre el público á aquel señor feo y un tanto viejo, dignándose dedicarle una sonrisa.

El maestro vió una noche á López de Sosa saludar á la cupletista. Su yerno podía ponerle en relaciones con ella. Y audazmente, con un impudor de apasionado, le esperó á la salida para implorar su auxilio.

Quería pintarla; era una modelo magnífica para cierta obra que llevaba en el pensamiento. Lo dijo con cierto rubor, tartamudeando, pero el yerno rió de su timidez, mostrándose dispuesto á protegerle.

—¡Ah, la Pepita! Una gran mujer, y eso que ahora está en decadencia. Con esa cara de colegiala, ¡si usted la viese en una juerga! Bebe como un mosquito... ¡Una fiera!

Pero luego, con expresión grave, expuso los inconvenientes. Estaba con un amigo suyo; un muchacho de provincias, ganoso de notoriedad, que perdía una parte de su fortuna en el juego del Casino, dejando tranquilamente que devorase la otra aquella chicuela, que le daba cierto renombre. Él la hablaría; eran antiguos amigos; nada malo, ¿eh, papá?... No sería difícil convencerla. La tal Pepita tenía predilección por todo lo raro; era algo... romántica. Él le explicaría quién era el gran artista, encareciendo el honor de servirle de modelo.

—Por dinero no lo dejes—murmuró el maestro con angustia.—Todo lo que ella quiera. No temas mostrarte generoso.