Calló Renovales, pero al poco rato volvió á sacar al amigo de su vaga somnolencia.
—Podías entrar tú solo, Pepe. Tú entiendes más que yo de estas cosas; eres más atrevido. Podías decirla que deseo pintar su retrato. ¡Ya ves, un retrato con mi firma!...
Cotoner rompió á reir, admirando la simpleza de buen príncipe con que el maestro le daba este encargo.
—Gracias, señor; muy honrado por tanta confianza, pero no voy... ¡Grandísimo tonto! ¿Pero tú crees que esa chicuela sabe quién es Renovales, ni lo ha oido nombrar en su vida?...
El maestro se asombró con una simplicidad infantil.
—Hombre, yo creo que el apellido Renovales... que lo que han dicho los periódicos... que mis retratos... En fin, di que no quieres.
Y se calló, ofendido de la negativa de su compañero y de que dudase de que su gloria había llegado hasta aquel rincón. La amistad abusa, con inesperados desdenes, con grandes injusticias.
Al terminar el espectáculo, el maestro sintió la necesidad de hacer algo, de no irse sin enviar á la «Bella Fregolina» un testimonio de su presencia. Compró á una vendedora de flores un cesto muy adornado, que se llevaba á casa con la tristeza del mal negocio. Debía entregarlo inmediatamente á la señorita... «Fregolina».
—Sí, á la Pepita—dijo la mujer con aire de inteligencia, como si la uniese á ella cierta intimidad.
—Y le dice usted que es del señor Renovales... de Renovales el pintor.