El amigo se mostró clemente:
—Sí... tiene algo. Los ojos... la figura... el gesto: la recuerda; es muy parecida... ¡Pero esa mueca de mona que hace ahora! ¡Esas palabrotas!... No; con todo eso pierde la semejanza.
Y como si le irritase que aquella chicuela, sin voz y sin decoro, se asemejase á la dulce muerta, subrayaba con admiración irónica todas las cínicas expresiones en que terminaban sus couplets.
—¡Muy bonito!... ¡Muy distinguido!...
Pero Renovales, sordo á estas ironías, ensimismado en la contemplación de la «Fregolina», seguía empujándole y murmurando:
—Es ella, ¿verdad?... Igual; el mismo cuerpo... Y además, Pepe; esa chica tiene cierto talento... tiene gracia.
Cotoner movía la cabeza irónicamente. Sí, mucha. Y al oir que Mariano, una vez terminado el espectáculo, mostraba deseos de quedarse á la otra sección y no se movía de su butaca, pensó en abandonarle. Por fin se quedó, arrellanándose en el asiento, con el propósito de dormitar arrullado por la música y los berridos del público.
Una mano impaciente del maestro le sacó de su dulce abstracción. «Pepe... Pepe.» Movió la cabeza y abrió los ojos malhumorado. «¿Qué le ocurría?» En la cara de Renovales vió una sonrisa melosa, traidora; algún disparate que le quería proponer con la mayor dulzura.
—Se me ocurre que podríamos entrar un momento en el escenario: la veríamos de cerca...
El amigo le contestó con indignación. Mariano se creía un pollo, no se daba cuenta de su aspecto. Aquella ciudadana se reiría de ellos; tomaría el aire de la casta Susana, asediada por los dos viejos...