—¿Y ésta?—imploraba el maestro con cierto temor, como si dudase de sus ojos.—¿No te parece que tiene algo? ¿No te la recuerda?

El amigo estallaba en indignación.

—Tú estás loco. ¿En qué se parece aquella pobrecita, tan buena, tan dulce, tan distinguida, á ese... perro sin vergüenza?

Renovales, después de varios fracasos, que le hacían dudar de la fidelidad de sus recuerdos, no osaba ya consultar á su amigo. Apenas intentaba llevarle á un nuevo espectáculo, Cotoner se echaba atrás...

—¿Otro descubrimiento?... Vamos, Mariano; quítate esas ideas de la cabeza. Si la gente se enterase, te creería trastornado.

Pero desafiando su cólera, el maestro insistió una noche con gran tenacidad para que le acompañase á ver á la «Bella Fregolina», una muchacha española, que cantaba en un teatrillo de los barrios bajos, y cuyo nombre de guerra, en letras de á metro, ostentábase en las esquinas de Madrid. Llevaba más de dos semanas de contemplarla todas las noches.

—Necesito que la veas, Pepe. Un momento nada más. Te lo suplico... Creo que ahora no dirás que me equivoco.

Cotoner cedió, vencido por el tono suplicante de su amigo. Aguardaron mucho tiempo la presentación de la «Bella Fregolina», viendo bailes, escuchando canciones con acompañamiento de mugidos del público. Aquella maravilla se reservaba para lo último. Por fin, con cierta solemnidad, entre un murmullo de expectación, preludió la orquesta una música conocida de todos los entusiastas de la divette, un rayo de luz sonrosada cruzó el pequeño escenario, y salió la «Bella».

Era una muchacha pequeña, esbelta, de una delgadez rayana en la demacración. Su cara, de cierta belleza dulce y melancólica, era lo más notable de su cuerpo. Por debajo del vestido negro con hilos de plata, que se abría en ancha campana, mostrábanse sus piernas de frágil esbeltez, con la carne puramente necesaria para cubrir el hueso. Sobre las gasas del escote, la piel pintada de blanco elevábase con ligerísima protuberancia en los pechos, marcando luego las tirantes aristas de las clavículas. Lo primero que se veía de ella eran los ojos, unos ojos límpidos, grandes, virginales, pero de virgen perversa, por donde pasaban las expresiones lividinosas, sin alterar su cándida superficie. Se movía como una novicia, los brazos pegados al talle, los codos salientes, encogida y ruborosa, y en esta posición, iba cantando con voz de falsete enormes obscenidades que contrastaban con su aparente timidez. En esto estribaba su mérito, y el público acogía sus palabras monstruosas con rugidos de júbilo, dándose por satisfecho con esto, sin exigirla que levantase los pies ó moviese el vientre, respetando su rigidez hierática.

El pintor al verla aparecer dió con un codo á su amigo. No osaba hablar esperando su opinión ansiosamente. Con el rabillo de un ojo le seguía en su examen.