Cotoner se veía arrastrado muchas veces por el maestro fuera de su órbita de graves y substanciosas comidas y tertulias entonadas, que seguía frecuentando para no perder unas amistades que eran su único capital.

—Esta noche vienes conmigo—le decía el maestro misteriosamente.—Comeremos donde quieras y después te enseñaré una cosa... una cosa...

Y le llevaba á oir una pieza en un teatro, permaneciendo inquieto, impaciente, hasta que se desplegaba la fila de coristas en la escena. Entonces daba con el codo á Cotoner, sumido en su asiento, con los ojos muy abiertos, pero dormido interiormente, en la dulce somnolencia de una buena digestión.

—Mira... fíjate; la tercera de la derecha, la pequeñita... la que lleva el mantón amarillo.

—La veo, ¿y qué?—decía el amigo con voz agria por este rudo llamamiento.

—Fíjate bien; ¿á quién se parece? ¿Á quién te recuerda?

Cotoner respondía con un bufido de indiferencia. Á su madre se parecería. ¿Qué le importaban á él tales semejanzas? Pero el asombro le sacaba de su quietismo, al oir que Renovales la encontraba un raro parecido con su mujer, indignándose contra él porque no lo reconocía.

—Pero, Mariano... ¿dónde tienes los ojos?—exclamaba con no menos acritud.—¿Qué tiene esa larguirucha, con cara de hambre, de la pobre difunta?... Tú en ver un espárrago triste le plantas un nombre: Josefina... y no hay más que hablar.

Aunque Renovales se irritase en el primer momento, ante la ceguera de su amigo, acababa al fin por convencerse. Se había engañado, ya que Cotoner no encontraba la semejanza. Debía acordarse de la muerta mejor que él; la pasión no turbaba su recuerdo.

Pero á los pocos días asediaba otra vez á Cotoner con aire misterioso: «Una cosa... tengo que enseñarte una cosa.» Y dejando la compañía de aquellos efebos alegres que irritaban á su viejo amigo, llevaba á éste á un music-hall y le enseñaba otra hembra escandalosa, que levantaba la seca pierna ó movía el vientre, delatando bajo la máscara de colorete la demacración de la anemia.