Renovales fué rico, como puede llegar á serlo un pintor. Entonces construyó lo que los envidiosos llamaban «su panteón»: un hotel soberbio, tras las verjas del Retiro.

Sintió el deseo vehemente de fabricarse un nido á su gusto é imagen, como esos moluscos que con el jugo de su cuerpo se fabrican el caparazón que les sirve de vivienda y defensa. Despertó en él esa ansia de ostentación, de originalidad aparatosa, fanfarrona y cómica que duerme en el pensamiento de todo artista. Primero soñó con una reproducción del palacio de Rubens, en Amberes: logias abiertas que servían de estudios, frondosos jardines cubiertos de flores en todo tiempo, y circulando por sus avenidas gacelas, jirafas, pájaros de plumaje luminoso cual voladores ramilletes, y otros animales exóticos que servían de modelos al gran pintor en su afán de copiar la Naturaleza con toda su magnificencia.

Pero el madrileño solar de unos cuantos miles de pies, yermo, blancuzco, limitado por una mísera valla y con la sequedad propia de Castilla, le hizo abandonar este ensueño. Ya que no era posible el alarde rubensesco, se refugiaría en el clasicismo, y levantó en el fondo de un pequeño jardín una especie de templo griego que había de servir de vivienda y estudio. Sobre el frontón triangular alzábanse tres trípodes á modo de flameros, que daban á la vivienda un aspecto de tumba monumental. Pero el maestro, para evitar toda equivocación á los que se detenían al otro lado de la verja, hizo esculpir en la piedra de la fachada guirnaldas de laurel, paletas rodeadas de coronas, y en medio de este aparato de ingenua modestia, una breve inscripción, en letras de oro, de regular tamaño: «Renovales.» Ni más ni menos que una tienda. Dentro, en dos estudios donde nadie pintaba, y que precedían al verdadero estudio de trabajo, exhibíanse los cuadros terminados sobre caballetes cubiertos con telas antiguas, y los visitantes admiraban una teatral balumba de armaduras, tapices, viejos estandartes pendientes del techo, vitrinas cargadas de venerables bagatelas, profundos divanes con sombrajes de telas orientales sostenidas por lanzas, cofres centenarios y bargueños abiertos brillando con el oro pálido de su cajonería.

Equivalían estos estudios, donde nadie estudiaba, á los salones de espera lujosos y en fila del doctor que hace pagar cien pesetas por la consulta; á las antesalas de cuero sombrío y venerables cuadros del jurisconsulto ilustre y probo que no abre la boca sin llevarse un pedazo de la fortuna del cliente. Los que aguardaban en estos dos estudios, grandes como naves de iglesia, con esa majestad silenciosa que se desprende de la pátina de los siglos, sufrían la preparación necesaria para admitir los enormes precios que les pedía el maestro.

Renovales había llegado y podía descansar tranquilamente, según decían sus admiradores. Y sin embargo, el maestro estaba triste: su carácter, agriado por oculto malestar, estallaba en ruidosas cóleras.

Bastaba para enfurecerle el más leve ataque de un enemigo insignificante. Los discípulos creían que era esto efecto de los años. Las luchas le habían envejecido hasta el punto de que con sus grandes barbas y su espalda un poco arqueada, parecía diez años más viejo.

En este templo blanco, sobre cuyo frontón flameaba su nombre con oro de gloria, era menos feliz que en las modestas viviendas de Italia ó en el buhardillón cercano á la Plaza de Toros. De aquella Josefina de sus primeros tiempos de matrimonio sólo quedaba una lejana sombra. La maja desnuda de las dulces noches de Roma y Venecia, no era más que un recuerdo. Al volver á España se había evaporado la falsa robustez de su maternidad.

Adelgazaba como si la consumiese un fuego oculto: derretíase en interna combustión el grasoso almohadillado que rellenaba su cuerpo con graciosas ondulaciones. Comenzaba á marcar el esqueleto sus agudas aristas y obscuras oquedades bajo la piel pálida y flácida. ¡Pobre maja desnuda! El marido la compadecía, atribuyendo su decadencia á las luchas y preocupaciones que habían sufrido al establecerse en Madrid.

Por ella deseaba vencer y hacerse rico, proporcionándola el soñado bienestar. Su enfermedad tenía un origen moral: era neurastenia, honda tristeza. La pobre sufría, indudablemente, al verse en aquel Madrid, donde había vivido con relativa brillantez, condenada á una existencia de pobre, habitando una casa mísera, luchando con la escasez de dinero y teniendo que ocuparse en las más vulgares faenas. Se quejaba de extraños dolores; sus piernas perdían toda fuerza; se desplomaba sobre una silla, permaneciendo inmóvil horas y más horas, llorando sin saber por qué. Digería mal; durante semanas enteras repelía su estómago todo alimento. Por las noches agitábase en la cama sin poder dormir, y apenas apuntaba el día ya estaba de pie, corriendo la casa con una actividad de duende, revolviéndolo todo, buscando querella á la criada, al marido, á ella misma, hasta que, de pronto, caía en el anonadamiento desde lo alto de su excitación, é iniciaba el primer llanto.

Estas crisis domésticas quebrantaban el ánimo del pintor, pero las acogía con paciencia. Á su antiguo amor uníase ahora una dulce conmiseración viéndola tan débil, sin otros restos de su antigua belleza que los ojos, hundidos en sus azuladas órbitas, brillantes con el misterioso fuego de la fiebre. ¡Pobrecilla! La miseria la había puesto así. Su marido consideraba su debilidad con cierto remordimiento. Su suerte era la del soldado que se sacrifica por la gloria de su general. Renovales había vencido, pero dejando á sus espaldas á la mujer amada, caída en la lucha por ser más débil.