Admiraba, además, su abnegación maternal. El vigor que á ella le faltaba lo tenía Milita, aquella criatura que llamaba la atención por su robustez y sus colores. La voracidad de este organismo fuerte y avasallador había absorbido toda la vida de la madre.
Cuando el artista fué rico é instaló su familia en el nuevo hotel, creyó que Josefina iba á resucitar. Los médicos confiaban en un rápido cambio. El primer día que pasearon los dos por los salones y estudios de la nueva casa, inventariando con mirada satisfecha los muebles y los ricos objetos antiguos y modernos, Renovales cogió del talle á la débil muñeca, inclinando la cabeza sobre ella, acariciando su frente con las recias barbas.
Todo era suyo, el hotel y sus lujosas decoraciones; de ella también el dinero que aun le quedaba y el que seguiría ganando. Ella era la señora, la dueña absoluta; podía gastar cuanto quisiera, allí estaba él para hacer frente á todo. Podía distinguirse por su lujo, tener carruajes, dar envidia á sus antiguas amigas, enorgullecerse de ser la mujer de un pintor famoso, mucho más que otras que habían pescado con el matrimonio una corona condal... ¿Estaba contenta?
Ella decía que sí, moviendo la cabeza débilmente, y hasta se empinó sobre las puntas de los pies para besar agradecida aquella boca que parecía arrullarla á través de las nubes de pelos; pero su gesto era triste y sus desmayados movimientos de flor marchita, como si no existiese alegría mundanal que pudiera sacarla de este desaliento.
Á los pocos días, pasada la primera impresión del cambio de vida, volvieron á repetirse en el lujoso hotel las mismas crisis que tantas veces habían conmovido anteriores viviendas.
Renovales la encontraba en el comedor con la cabeza entre las manos, llorando, sin querer explicarle la causa de sus lágrimas. Cuando intentaba cogerla entre sus brazos, acariciándola como á una niña, la mujercita se encrespaba lo mismo que si recibiese una injuria.
—Déjame—gritaba, fijando en él unos ojos hostiles.—No me toques... Vete.
Otras veces la buscaba por la casa, preguntando en vano á Milita, que, habituada á las crisis de su madre y sostenida por su egoísmo de muchacha fuerte, no hacía gran caso de ella y seguía jugando con sus innumerables muñecas.
—No sé, papaíto; debe estar llorando arriba—contestaba con naturalidad.
Y en algún rincón del piso alto, en el dormitorio, junto á la cama, ó entre las ropas del cuarto de vestir, la encontraba el marido sentada en el suelo, la mandíbula apoyada en las manos, los ojos fijos en la pared, como si contemplase algo invisible y misterioso que sólo ella podía ver. Ahora no lloraba; sus ojos estaban secos, agrandados por una expresión de espanto, y era en vano que el esposo intentase atraerla. Permanecía inmóvil, fría, insensible á sus caricias, como si fuese un extraño, como si entre los dos existiera una indiferencia inabordable.