—Quiero morir—decía con voz grave y concentrada.—No hago falta en el mundo: quiero descansar.
Esta resignación fúnebre convertíase poco después en furiosa acometividad. Renovales nunca se daba cuenta de cómo se iniciaba el conflicto. La más insignificante de sus palabras, un gesto, su mismo silencio, bastaban para atraer la tormenta. Josefina comenzaba á hablar con acento agresivo, dando á sus palabras la cortante frialdad de una navaja. Censuraba al pintor por lo que hacía y lo que no hacía, por sus costumbres más insignificantes, por lo que pintaba, y de pronto, extendiendo el radio de sus injurias, queriendo abarcar en ellas al mundo entero, prorrumpía en denuestos contra las distinguidas personas que formaban la clientela del marido, proporcionándole enormes ganancias. Podía estar satisfecho de los retratos de aquellas gentes: ellos, unos señores despreciables, malas personas, ladrones casi todos. Su madre, que estaba bien enterada de este mundo, le había contado muchas historias. Á ellas aun las conocía mejor; casi todas habían sido sus compañeras de colegio ó sus amigas. Se habían casado para poner en ridículo á sus maridos; todas tenían historia; eran perdidas peores que las que montaban la guardia de noche en las aceras. Aquella casa, con toda su fachada de laureles y sus letras de oro, era un burdel. El mejor día se plantaba ella en el estudio y las echaba á la calle para que las retratasen en otra parte.
—¡Por Dios, Josefina!—murmuraba angustiado Renovales.—No digas esas cosas; no pienses esas barbaridades. Parece imposible que hables así. La niña nos oye.
Josefina, agotada ya su ira nerviosa, prorrumpía en llanto y Renovales tenia que abandonar la mesa para acompañarla á la cama, donde se tendía gritando por centésima vez su deseo de morir.
Esta vida le era aún más intolerable por su fidelidad conyugal, por aquel amor mezclado de costumbre y rutina que le mantenía sólidamente adherido á su esposa.
Por las tardes, á última hora, se reunían en su estudio varios amigos, entre los cuales figuraba el famoso Cotoner, que había trasladado su residencia á Madrid. Cuando envueltos en la luz del crepúsculo que iba penetrando por la enorme vidriera, sentíanse inclinados á las confidencias amistosas, Renovales hacía siempre la misma declaración:
—De muchacho me he divertido como cualquiera; pero desde que me casé no conozco otra mujer que la propia. Lo digo con orgullo.
Y el hombretón erguía su alto cuerpo y se acariciaba hacia arriba las barbas, satisfecho de su fidelidad conyugal, como otros lo estaban de sus buenas fortunas en amor.
Cuando se hablaba en su presencia de mujeres hermosas ó se examinaban retratos de las grandes beldades extranjeras, el maestro no ocultaba su aprobación:
—¡Muy hermosa! ¡Muy bonita... para pintarla!