Soldevilla, á continuación de su saludo, aturdió al maestro con un desmesurado elogio. Estaba admirando el retrato de la condesa de Alberca.
—Una maravilla, maestro. Lo mejor que ha pintado usted... y eso que está á medio hacer.
Este elogio conmovió á Renovales. Se levantó para apartar de un empujón el biombo, y arrastró un caballete que sostenía un gran lienzo, hasta colocarlo frente á la luz que penetraba por el ventanal de cristales.
Sobre un fondo gris erguíase, con la majestad de la belleza habituada á la admiración, una dama vestida de blanco. El esprit de plumas y brillantes parecía temblar sobre sus rizos, de un rubio leonado; el pecho marcaba el arranque de las redondeces de sus montículos entre las blondas del escote; las manos, enguantadas hasta más arriba del codo, sostenían una el rico abanico y otra una capa obscura, forrada de raso color de fuego, que se deslizaba de sus hombros desnudos, próxima á caer. La parte baja de la figura estaba indicada solamente por trazos de carbón sobre la blancura del lienzo. La cabeza, casi terminada, parecía mirar á los tres hombres con sus ojos orgullosos, algo fríos, pero de una falsa frialdad, delatando, detrás de su pupila, apasionamientos ocultos, un volcán muerto que resucitaba á sus horas.
Era una mujer alta, esbelta, de adorables y justas carnosidades, que parecía sostenerse en el esplendor de una segunda juventud con la higiene y las comodidades de su elevada posición. Los extremos de sus ojos estaban achicados por un pliegue de fatiga.
Cotoner la contemplaba desde su asiento con una calma de hombre casto, comentando su belleza tranquilamente, sintiéndose á cubierto de toda tentación.
—Es ella, la has clavado, Mariano. Ella misma... ¡Ha sido una gran mujer!
Renovales pareció ofendido por este comentario.
—Lo es—dijo con cierta hostilidad.—Lo es todavía.
Cotoner no era capaz de discutir con su ídolo y se apresuró á rectificarse: