—Es una buena moza; muy guapa, sí, señor, y muy elegante. Dicen también que tiene talento y que es incapaz de dejar sufrir á los que la adoran. ¡Poquito se habrá divertido esta señora!...

Renovales volvió á encresparse como si le hiriesen estas palabras.

—¡Bah! mentiras, calumnias—dijo con voz fosca:—invenciones de ciertos señoritos que al verse despreciados la cuelgan esas infamias.

Cotoner volvió á deshacerse en explicaciones. Él no sabía nada: lo había oído decir. Las señoras en cuya casa comía, hablaban mal de la de Alberca... pero tal vez fuesen murmuraciones de mujeres. Se hizo el silencio, y Renovales, como si desease torcer el curso de la conversación, se encaró con Soldevilla.

—¿Y tú, no pintas? Siempre te veo por aquí á la hora de trabajar.

Sonreía con cierta malicia al decir esto, mientras el joven se excusaba ruborizándose. Trabajaba mucho, pero todos los días sentía la necesidad de dar una vuelta por el estudio del maestro antes de dirigirse al suyo.

Era una costumbre de sus tiempos de principiante, de aquella época, la mejor de su vida, en que aprendía junto al gran pintor, en otro estudio menos lujoso que éste.

—¿Y Milita? ¿la has visto?—prosiguió Renovales con sonrisa bonachona, en la que había una punta de malicia.—¿No te ha tomado hoy el pelo por esa nueva corbata que quita la vista?

Soldevilla también sonrió. Había estado en el comedor con doña Josefina y Milita, y ésta se había burlado de él como siempre. Pero era sin malicia: ya sabía el maestro que Milita y él se trataban como hermanos.

Más de una vez, cuando ella era pequeña y él un chicuelo, la había servido de caballo, trotando por el viejo estudio, llevando á la espalda aquel gran diablo que le tiraba del pelo y le abofeteaba con sus manecitas.