—Es muy mona—interrumpió Cotoner.—Es la muchacha más graciosa y más buena que conozco.
—¿Y el simpar López de Sosa?—preguntó el maestro otra vez con tono de malicia.—¿No ha venido hoy ese chauffeur que nos vuelve locos con sus automóviles?
Desapareció la sonrisa de Soldevilla. Púsose pálido y brillaron sus ojos con verdoso fulgor. No; no había visto á ese caballero. Según decían las señoras, andaba muy ocupado en la reparación de un automóvil que se le había roto en el camino del Pardo. Y como si el recuerdo de este amigo de la familia fuese penoso para el joven pintor y deseara evitar nuevas alusiones, se despidió del maestro. Iba á trabajar; aun podían aprovecharse dos horas de sol. Pero antes de salir dedicó nuevos elogios al retrato de la condesa.
Quedaron solos los dos amigos en un largo silencio. Renovales, sumido en la penumbra de aquel nicho de telas persas en que se empotraba su diván, contemplaba el retrato.
—¿Ha de venir hoy?—preguntó Cotoner señalando al lienzo.
Renovales hizo un gesto de disgusto. Hoy ú otro día; con esta mujer era imposible un trabajo serio.
La esperaba aquella tarde, pero no le causaría extrañeza que faltase á la sesión. Llevaban cerca de un mes sin poder pintar dos días seguidos. Tenía muchas ocupaciones: presidía sociedades para la enseñanza y la emancipación de la mujer; proyectaba festivales y tómbolas; una actividad de señora aburrida, un aturdimiento de pájaro loco que la hacía querer estar en todas partes á un mismo tiempo, sin voluntad para marcharse, una vez lanzada en la corriente del femenil chismorreo. De pronto, el pintor, con los ojos fijos en el retrato, tuvo un impulso de entusiasmo.
—¡Qué mujer, Pepe!—exclamó.—¡Qué mujer para pintarla!...
Sus ojos parecían desnudar á la beldad que se erguía en el lienzo con toda su prosopopeya aristocrática. Intentaban penetrar el misterio de aquella envoltura de encajes y sedas; ver el color y las lineas de unas formas que apenas se marcaban con suave bulto al través del vestido. Á esta reconstrucción mental ayudaban los hombros desnudos y el arranque de los amorosos globos que parecían temblar con dureza elástica en el filo del escote, separados por una línea de suave penumbra.
—Eso mismo le he dicho á tu mujer—afirmó el bohemio con sencillez.—Si tú pintas señoras hermosas como la condesa, es por pintarlas, sin que se te ocurra ver en ellas más que una modelo.