—Figúrate, Pepe—dijo en voz baja, mirando antes instintivamente hacia la puerta, con aquel eterno miedo á ser oído por su esposa en estos entusiasmos artísticos.—Figúrate... si esta mujer se desnudase; si yo pudiera pintarla tal como es seguramente...
Cotoner rompió á reir con una expresión de fraile malicioso.
—Una gran cosa, Mariano, una obra maestra. Pero no querrá. Tengo la certeza de que se negaría á desnudarse, y eso que debe haberlo hecho delante de más de uno.
Renovales agitó sus brazos y levantó los ojos con expresión de protesta.
—¿Y por qué no quieren?... ¡Qué rutina! ¡Qué vulgaridad!
En su egoísmo de artista, imaginábase creado el mundo sin otro objeto que el de mantener á los pintores y al resto de la humanidad que debía servirle de modelo, y se escandalizaba de este pudor incomprensible. ¡Ay! ¿dónde encontrar ahora las beldades griegas, plácidas modelos de los escultores; las damas venecianas, de palidez ambarina, pintadas por el Ticiano; las flamencas graciosas de Rubens y las bellezas picantes y diminutas de Goya? La hermosura se había eclipsado para siempre tras los velos de la hipocresía y del falso pudor. Se dejaban contemplar hoy por un amante, mañana por otro; entregaban á los innumerables galanes algo más que la exhibición de sus formas, y sin embargo, enrojecían recordando á las hembras de otros tiempos, menos impuras, que no vacilaban en someter á la pública admiración la obra perfecta de Dios, la castidad del desnudo.
Renovales volvió á tenderse en el diván, y desde su penumbra habló confidencialmente á Cotoner, con voz tenue, mirando algunas veces hacia la puerta como si temiese ser oído.
Hacía tiempo que soñaba con una obra maestra. La tenía completa en su imaginación, hasta en sus menores detalles. Veíala, cerrando los ojos, tal como había de ser, si es que llegaba á pintarla. Era Friné, la famosa beldad de Atenas, mostrándose desnuda á los peregrinos aglomerados en la playa de Delfos. Toda la humanidad doliente de Grecia marchaba por la orilla del mar hacia el famoso templo, buscando la intervención divina para el alivio de sus males: paralíticos de miembros retorcidos, leprosos de repugnante hinchazón, hidrópicos grotescos; pálidas mujeres con las entrañas roídas por las enfermedades del sexo; ancianos trémulos; jóvenes desfigurados por las anomalías de un nacimiento monstruoso; cabezas enormes, caras contraídas por muecas horripilantes; brazos consumidos, como huesos escuetos; piernas informes de elefante; todos los esbozos de la Naturaleza despistada, los gestos llorosos y desesperados del humano dolor. Al ver en la orilla á Friné, gloria de la Grecia, cuya belleza era un orgullo nacional, los peregrinos se detienen y la contemplan volviendo la espalda al templo, que, sobre el fondo de las tostadas montañas, destaca sus columnatas de mármol; y la hermosa, conmovida por esta procesión del dolor, quiere alegrar su tristeza, lanzar en sus míseros surcos un puñado de salud y belleza, y se arranca los velos, haciéndoles la regia limosna de su desnudez. El cuerpo blanco, luminoso, destaca la armoniosa curva del vientre y la punta aguda de sus firmes senos sobre el azul obscuro del mar. El viento arremolina sus cabellos, como serpientes de oro sobre los hombros de marfil; las ondas, al morir cerca de sus pies, la envían estrellas de espuma que, con su caricia, estremecen su piel desde la nuca de ámbar á los talones sonrosados. La arena mojada, tersa y brillante como un espejo, reproduce invertida y confusa la soberana desnudez, en líneas serpenteadas que adquieren al perderse el temblor del iris. Y los peregrinos, caídos de rodillas, en el éxtasis de la admiración, tienden los brazos hacia la diosa mortal, creyendo que la Belleza y la eterna Salud salen á su encuentro.
Renovales se incorporaba cogiendo un brazo á Cotoner al describir su futuro cuadro, y el amigo asentía gravemente, impresionado por el relato.
—¡Muy hermoso!.. ¡Sublime, Marianito!