Pero el maestro volvía á caer en el desaliento después de esta ráfaga de entusiasmo.

Aquella obra era muy difícil. Tendría que ir á instalarse en la orilla del Mediterráneo, en una playa solitaria de Valencia ó Cataluña; tendría que levantar un barracón en el mismo límite donde el agua muere en la arena con brillante espejismo, y allí llevar mujeres tras mujeres, cien si era preciso, para estudiar su blanca desnudez sobre el azul del mar y del cielo, hasta que encontrase el cuerpo divino de la soñada Friné.

—Muy difícil—murmuraba Renovales.—Te digo que es muy difícil. ¡Hay tantos inconvenientes con que luchar!...

Cotoner inclinó su cabeza con expresión confidencial.

—Y además, está la maestra—dijo en voz queda, mirando á la puerta con cierto miedo.—Me parece que Josefina no aceptará con mucho gusto ese cuadro y su gran baraja de modelos.

El maestro bajó la cabeza.

—¡Si supieras, Pepe! ¡Si vieses mi vida diaria!...

—Lo sé todo—se apresuró á decir Cotoner.—Mejor dicho, lo adivino. No me cuentes nada.

Y en su apresuramiento por repeler las tristes confidencias del amigo, había mucho de egoísmo, el deseo de no perturbar su plácida calma con dolores ajenos que sólo le inspiraban un lejano interés.

Renovales habló tras un largo silencio. Pensaba frecuentemente en si el artista debía ser soltero ó casado. Otros, débiles y de indeciso carácter, necesitaban el apoyo de la compañera, el ambiente de la familia.