Recordaba con fruición los primeros meses de su matrimonio; pero éste le había pesado después como una cadena. No renegaba del amor; necesitaba para vivir de la dulce compañía de la mujer, pero con intermitencias, sin la cárcel interminable de la vida común. Los artistas como él debían ser libres; estaba seguro de ello.
—¡Ay, Pepe! Si yo me hubiese conservado como tú, dueño de mi tiempo y de mis obras, sin tener que preocuparme de lo que dirá mi gente al verme pintar esto ó aquello, ¡qué grandes cosas llevaría hechas!
El viejo fracasado iba á decir algo cuando se abrió la puerta del estudio y entró el criado de Renovales, un hombrecillo de grandes mejillas rubicundas y voz atiplada que, según decía Cotoner, tenía el aire de un mandadero de monjas.
—La señora condesa.
Cotoner abandonó de un salto su sillón. Estos modelos no gustaban de ver gente en el estudio. ¿Por dónde escapaba?... Renovales le ayudó á buscar su sombrero, su abrigo, su bastón, que había dejado con su habitual abandono en diversos rincones del estudio.
El maestro le empujó por una puerta que daba al jardín. Después, al quedar solo, corrió á colocarse ante un viejo espejo veneciano, contemplándose un instante en su luna azulada y profunda, alisándose con los dedos la crespa y encanecida cabellera.
V
Entró con gran estrépito de blondas y sedas, acompañado su menudo paso por el fru-fru de las ropas interiores, esparciendo un perfume de variadas esencias, semejante á la respiración de exótico jardín.
—Buenas tardes, mon cher maître.
Mirándole con sus impertinentes de concha, pendientes de una cadena de oro, adquiría el ámbar gris de sus ojos, al través de los vidrios, una fijeza insolente, un gesto extraño, con algo de caricia y burla al mismo tiempo.