Debía perdonarle su tardanza. Ella lamentaba estas faltas de atención, pero era la mujer más ocupada de Madrid. ¡Las cosas que había hecho después del almuerzo!... Firma y examen de papeles con la secretaria de la «Liga Feminista»; conferencia con el carpintero y el maestro de obras (unos tíos ordinarios que se la comían con los ojos), encargados de levantar las tribunas para el gran festival á beneficio de las obreras abandonadas; visita al presidente del Consejo de ministros, un señor algo verde, á pesar de su gravedad, que la recibía con aires de galán rococo, besándole la mano como en un minueto.
—Hemos perdido la tarde, ¿verdad, maître? Apenas queda sol para trabajar. Además, no he traído la doncella para que me ayude.
Señalaba con sus impertinentes la puerta de un gabinete que servía de tocador y vestuario á las modelos, y donde ella guardaba el traje de soirée y el manto de color de fuego con que la retrataba.
Renovales, después de mirar furtivamente á la entrada del estudio, tomó un aire de arrogancia, de galantería fanfarrona, como en los tiempos de su juventud romana, libre y ruidosa.
—Por eso que no quede, Concha. Si usted lo permite, yo le serviré de doncella.
La condesa prorrumpió en una risa ruidosa, echando el busto atrás, mostrando su blanca garganta que ondulaba con los estremecimientos de alegría.
—¡Ay, qué gracia! ¡Y qué atrevido se nos hace el maestro!... Usted no entiende de esas cosas, Renovales. Usted sólo sabe pintar: no tiene práctica...
Y en su acento finamente irónico, había algo de compasión para el artista, alejado de las cosas mundanales y cuya virtud conyugal todos conocían. Esto pareció ofenderle, y habló á la condesa con gran brusquedad, mientras cogía la paleta y preparaba los colores. No era preciso que cambiase de traje; emplearía la poca luz que quedaba trabajando en su cabeza.
Concha se quitó el sombrero, y después, ante el mismo espejo veneciano en que se había mirado el pintor, comenzó á retocarse el peinado. Sus brazos arqueábanse en torno de la cabellera rubia, mientras Renovales contemplaba la gentileza de su dorso, viendo al mismo tiempo de frente su cara y su pecho en el fondo del vidrio. Canturreaba arreglándose el pelo, con los ojos fijos en la reproducción de sus ojos, sin que nada la distrajese de esta operación importante.
Aquel rubio luminoso y audaz debía ser teñido. El pintor estaba seguro de ello, pero no por esto le parecía menos hermoso. También iban teñidas de rubio las beldades de Venecia de los pintores antiguos.