La condesa se sentó en un sillón á corta distancia del caballete. Sentíase fatigada, y ya que sólo había de pintar su rostro, no tendría la crueldad de hacerla permanecer de pie como en los días de gran sesión. Renovales contestaba con monosílabos y encogimientos de hombros. Bien estaba así: ¡para lo que iban á hacer!... Una tarde perdida. Se limitaría á trabajar en el pelo y la frente; podía descansar mirando adonde quisiera.

El maestro, por su parte, tampoco sentía deseos de trabajar. Le perturbaba una cólera sorda; estaba irritado por el acento irónico de la condesa, la cual veía en él un hombre aparte, un ser raro, incapaz de hacer lo que aquellos señoritos imbéciles que formaban su corte, y muchos de los cuales, según la pública murmuración, eran sus amantes. ¡Extraña mujer, provocativa y fría! Sentía deseos de caer sobre ella, en su furia de macho ofendido, de golpearla, de tratarla con el mismo desprecio que si fuese una mujerzuela, para hacerla sentir su varonil superioridad.

De todas las señoras que llevaba retratadas, ninguna había turbado como ésta su calma de artista. Sentíase atraído por su gracia loca, por su ligereza casi infantil, y al mismo tiempo le inspiraba odio por el tono compasivo con que le trataba. Era para ella un buen hombre, vulgarísimo, que por raro capricho de la Naturaleza poseía el don de pintar bien.

Renovales la devolvía este desprecio insultándola en su pensamiento. Era cualquier cosa la tal condesa de Alberca. Con razón hablaban de ella. Tal vez, al presentarse en el estudio, siempre de prisa y sofocada, venía de una entrevista á solas con alguno de aquellos jovenzuelos que rondaban esperanzados en torno de su naciente y provocativa madurez.

Pero bastaba que Concha le hablase con dulce abandono, comunicándole las tristezas que decía sentir y permitiéndose ciertas confianzas, como si la uniese á él una amistad antigua, para que al instante el maestro cambiase de pensamientos. Era una mujer superior, ideal, condenada á vivir en el vano ambiente aristocrático. Todas las murmuraciones sobre ella eran calumnias, mentiras de envidiosos. Debía ser la compañera de un hombre superior, de un artista.

Renovales conocía su historia; se envanecía de las confidencias amistosas que había tenido con él. Era hija única de un gran señor, jurisconsulto solemne y moderado rabioso, ministro en los gabinetes más retrógrados del reinado de Isabel II. Se había educado en el mismo colegio que Josefina, y á pesar de ser cuatro años mayor, guardaba un vivo recuerdo de su bulliciosa compañera. «Para mala y traviesa, Conchita Salazar; era un demonio.» Así oyó su nombre Renovales por primera vez. Luego, al trasladarse de Venecia á Madrid el artista y su mujer, se enteraron de que había cambiado su apellido por el de condesa de Alberca, casándose con un señor que podía ser su padre.

Era un antiguo cortesano que cumplía con gran escrupulosidad las obligaciones de grande de España, celoso de su servidumbre cerca de los reyes. Su ambición era llegar á poseer todas las condecoraciones de Europa, y apenas le agraciaban con alguna, se hacía retratar cubierto de bandas y cruces, vistiendo el uniforme de una de las tradicionales Órdenes militares. Su esposa reía al verle pequeño, calvo y solemne, con altas botas, sable rastrero y pecho cubierto de baratijas, apoyando en su corto muslo un casco de blancos plumajes.

Durante la vida de aislamiento y privaciones que arrostraron Renovales y su mujer, los periódicos llevaban hasta la misera casa del artista los ecos de los triunfos de la «bella condesa de Alberca». No había relato de fiesta aristocrática en que no figurase su nombre en primera línea. Además, la llamaban «ilustrada», haciéndose lenguas de su cultura literaria, de la educación clásica que debía á su «ilustre padre», ya difunto. Y con estas noticias públicas, llegaban hasta el artista, en las alas susurrantes de la madrileña murmuración, otras que suponían á la condesa de Alberca consolándose alegremente del error cometido al casarse con un viejo.

En Palacio la habían puesto en entredicho por esta fama. El marido figuraba en las solemnidades regias, pues no todos los días se presentaba ocasión de lucir su cargamento de honorable bisutería; pero ella se quedaba en casa, abominando de estas ceremonias. Renovales la había oído afirmar muchas veces, vestida lujosamente y con valiosas alhajas en las orejas y el pecho, que ella se reía de su mundo, que estaba en el secreto... ¡que era anarquista! Y oyéndola reía, como reían todos los hombres de lo que llamaban las cosas de la de Alberca.

Cuando triunfó Renovales, volviendo como maestro ilustre á aquellos salones, por los que había, pasado en su primera juventud, sintió la atracción de la condesa que, en su calidad de gran dama «intelectual», tenía empeño en rodearse de hombres célebres. Josefina no le acompañó en esta vuelta al mundo. Sentíase enferma; la fatigaba el roce con las mismas gentes y en los mismos sitios; carecía de fuerzas hasta para emprender los viajes que le recomendaban los médicos.