La condesa amarró al pintor á su séquito, mostrándose ofendida cuando dejaba de presentarse en su casa las tardes en que recibía á sus amigos. ¡Qué ingratitud con una admiradora tan ferviente! ¡Tanto que la placía á ella exhibirlo ante sus amigas, como si fuese una joya nueva! «El pintor Renovales: el famoso maestro.»
En una de estas tardes de recepción, el conde abordó al pintor, con su gravedad de personaje abrumado por los honores del mundo.
—Concha desea un retrato hecho por usted, y yo quiero darla gusto en todo. Usted dirá cuándo puede comenzar. Ella teme proponérselo y me ha dado el encargo. Ya sé lo que usted lleva á otros por su trabajo. Píntela usted bien... que quede contenta...
Y al notar cierto movimiento de Renovales, ofendido por esta llaneza del gran señor, añadió, como si le hiciese una nueva merced:
—Si queda usted bien en lo de Concha, me pintará después á mí. Sólo aguardo el Gran Crisantemo del Japón. En Estado me dicen que llegarán los títulos un día de estos.
Renovales comenzó el retrato de la condesa. Se prolongaba la obra por culpa de aquella aturdida, que siempre llegaba tarde con pretexto de sus ocupaciones. Muchos días el artista no daba una sola pincelada: pasaban las horas charlando. Otras veces el maestro escuchaba en silencio, mientras ella, en su incesante verbosidad, burlábase de las amigas y relataba sus defectos secretos, sus costumbres más íntimas, sus amoríos misteriosos, con cierta fruición, como si todas las mujeres fuesen sus enemigos. En mitad de una de estas confidencias deteníase para decir con gesto pudoroso y entonación irónica:
—¡Pero estaré escandalizando á usted, Mariano!... ¡Usted que es un buen marido, un padre de familia, un varón virtuoso!...
Renovales sentía entonces tentaciones de ahogarla. Se burlaba de él; lo consideraba un hombre distinto de los demás, una especie de fraile de la pintura. Deseoso de herirla, de devolverla el golpe, la atajó una vez brutalmente, en mitad de sus despiadadas murmuraciones:
—Pues de usted también hablan, Concha. También dicen... cosas poco gratas para el conde.
Esperaba un estallido de indignación, una protesta, y lo que resonó en el silencio del estudio fué una risa alegre, desenfrenada, que se prolongó largo rato, cortándose varias veces para volver á comenzar. Después se mostró melancólica, con esa tristeza dulce de las mujeres «no comprendidas». Era muy desgraciada, Mariano. Á él se lo podía revelar todo, porque era un buen amigo. Se había casado siendo una niña: una terrible equivocación. En el mundo existía algo más que el deslumbramiento de la fortuna, el esplendor del lujo y aquella corona de conde que había perturbado su cerebro de colegiala.