—Tenemos derecho á un poco de amor; y si no es amor, á un poco de alegría. ¿No lo cree usted, Mariano?

¡Vaya si lo creía!... Y de tal modo lo afirmaba, mirando á Concha con ojos alarmantes, que ésta acabó por reir de su ingenuidad, amenazándole con una mano.

—Cuidado, maestro; que Josefina es mi amiga, y si usted se resbala, se lo cuento todo.

Renovales irritábase contra este pensamiento de pájaro, siempre inquieto, saltador y caprichoso, que tan pronto se posaba junto á él comunicándole el calor de la intimidad, como volaba lejos azorándole con sus aleteos burlones.

Algunas veces presentábase agresiva, molestando al artista desde sus primeras palabras, como acababa de ocurrir en esta tarde.

Permanecieron largo rato silenciosos; pintando él con aire distraído, contemplando ella la marcha del pincel, hundida en un sillón, en la dulce calma de la inmovilidad.

Pero la de Alberca era incapaz de permanecer mucho tiempo callada. Poco á poco se enfrascó en su charla habitual, sin hacer caso del mutismo del pintor, hablando por la necesidad de animar con sus palabras y sus risas el conventual silencio del estudio.

El pintor le oyó el relato de sus trabajos como presidenta de la «Liga Feminista», de las grandes cosas que se proponía hacer en la santa empresa de la emancipación de su sexo. Y de paso, arrastrada por su afán de ridiculizar á todas las mujeres, burlábase donosamente de sus colaboradoras en la grande obra: literatas desconocidas, maestras amargadas por su fealdad, pintoras de flores y palomas; una turba de pobres mujeres con sombreros extravagantes y faldas que parecían colgadas de una percha; bohemia femenil, rebelde y rabiosa contra su suerte, que se enorgullecía de tenerla por directora y á cada dos palabras la soltaban todas ellas un tratamiento sonoro de «condesa» para halagarse á sí mismas con el honor de esta amistad. Á la de Alberca la divertía mucho su séquito de admiradoras; reía de sus intransigencias y propósitos.

—Sí; ya sé lo que es eso—dijo Renovales rompiendo su largo mutismo.—Quieren ustedes anularnos; reinar sobre el hombre, al que odian.

La condesa recordaba entre risas el feminismo feroz de algunas de sus acólitas. Como las más de ellas eran feas, abominaban de la hermosura femenil como un signo de debilidad. Querían la mujer del porvenir sin caderas, sin pechos, lisa, huesuda, musculosa, apta para todos los trabajos de fuerza, libre de la esclavitud del amor y de la reproducción. ¡Guerra á la grasa femenil!...